Recomponer la confianza es clave para salir de esta coyunturaEconomía 

Recomponer la confianza es clave para salir de esta coyuntura

El dólar volvió a subir estos días, esta vez impulsado por una salida de fondos de las economías emergentes. De hecho, se vio el mismo movimiento en las monedas de Brasil y Chile, y en otras de la región. Lo preocupante es que en la Argentina el tipo de cambio se mueve de forma más agresiva que en el resto del mundo. Pero lo cierto es que el dólar es una moneda única, así que se mueve igual en todo el mundo: lo que es volátil y débil es el peso argentino. Por debilidad se entiende que es muy poca la participación del peso o de activos pesificados en la cartera financiera de una persona, empresa o institución y lo que se tiene es puramente para uso transaccional.

Cuando se trata de ahorro o de una mirada a largo plazo, los argentinos no quieren ni usan el peso. Para el largo plazo, la moneda utilizada es mayormente el dólar. Sin embargo, este uso transaccional del peso puede ser más extendido o menos extendido, dependiendo de las perspectivas sobre la inflación o el tipo de cambio.

Si se percibe un escenario de tranquilidad en el dólar y en la inflación, es más probable que los argentinos mantengamos los pesos más tiempo en nuestras cuentas bancarias o en nuestras billeteras. Eso nos permite tomarnos más tiempo para gastar, buscar mejores precios, no hacer compras a las apuradas y pensar mejor nuestro presupuesto.

Ahora bien, cuando el escenario se complica y se vuelve más volátil y el dólar sube, se nos ponen los pelos de punta. Porque para el argentino el dólar no es una inversión como puede ser la acción de una empresa. Si fuera así, nos alegraríamos por las subas del dólar, como nos entusiasmamos cuando compramos la acción de una compañía y esta sube.

Cuando sube el dólar, por el contrario, nos ponemos nerviosos porque vemos cómo se deteriora nuestra capacidad de ahorro.

Los aumentos de tarifas y la corrección en el precio de la carne, en medio de esta volatilidad cambiaria, funcionan de manera semejante a los shocks financieros globales, pero del lado de la inflación. Con tanto “ruido”, una aceleración en la suba del índice de precios, producto de la corrección de algunos precios es imposible de distinguir de una aceleración del proceso inflacionario, o mejor dicho, de un proceso de desvalorización del dinero.

Ante la aceleración inflacionaria o una suba del dólar la reacción del mercado simplemente es reducir la tenencia de dinero transaccional (pesos). Apuramos las compras del mes y compramos dólares lo antes posible. En otras palabras, nos sacamos rápidamente los pesos de encima. Ese proceso, se conoce como caída de la demanda de dinero y provoca un excedente de pesos en el mercado, lo que tiende a acelerar más la devaluación y la inflación.

Ese es el escenario actual. En estas condiciones, cualquier movimiento brusco de la inflación o del tipo de cambio dispara esta reacción defensiva, acelerando la suba del dólar y de los otros precios de la economía. Salir de este esquema requiere sí o sí una recomposición de la confianza y una mejora en las expectativas inflacionarias. Por ello el Banco Central, estableció una política monetaria tan dura que implica nula emisión mientras la inflación se mantiene entre 3% y 4% mensual, a lo que se le sumará una oferta de divisas por parte del tesoro cercana a los 1200 millones de dólares mensuales.

La apuesta es que, tarde o temprano, la dura política monetaria consiga disciplinar la inflación impidiendo que haya suficientes pesos que avalen los incrementos en precios, al tiempo que la oferta de dólares estabilice el tipo de cambio. El riesgo de este esquema es que si se producen eventos locales o internacionales que debiliten fuertemente la confianza, puedan impedir la formación de expectativas más positivas.

En este sentido, el Gobierno se encuentra como la selección argentina en la clasificación a los octavos de final del último Mundial, cuando no sólo tenía que ganar el partido ante Nigeria, sino esperar que Croacia le ganara a Islandia. O sea, no solo se necesita hacer las cosas bien, sino que no haya sorpresas que no dependan del Gobierno.

El autor es director de OJF & Asociados

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