Scott Walker: la voz que llevó al pop más allá de los límites imaginadosEspectáculos 

Scott Walker: la voz que llevó al pop más allá de los límites imaginados


Ermitaño y genial, en sus últimos años siempre lució una gorra, con la que buscaba ocultar su rostro Crédito: Europa Press

1943-2019

Para poner en contexto de actualidad la muerte de un cantante estadounidense de nacimiento y de desarrollo británico, que fue tanto o más pop que los Beatles y al que los años convirtieron en voz de culto
avant garde y recluso del espectáculo, digamos que Scott Walker (Engel de nacimiento) marchó él solo contra el Brexit cuando entre 1967 y 1970 grabó las primeras versiones en inglés de Jacques Brel, el desbordado cantautor belga. Walker podría definirse a partir de ese gesto como un inadaptado todoterreno: un norteamericano británico por adopción; un adonis del swinging London francófilo y europeísta; una estrella teen que quería cantar con la gravedad de un filósofo existencialista. Ese es, era, Scott Walker, el cantante que murió ayer a los 76 años después de haber editado un (otro) álbum insondable (
Bisch Bosch, 2012); después de haber firmado una colaboración en 2014 con el misterioso ensamble heavy
ruidista Sunn O))); después de haber compuesto la banda sonora de
La infancia de un líder (Brady Corbet, 2016) y la de
Vox Lux (también Corbet, 2018 y que se verá en el Bafici). Después de muchísimos años de salirse del sistema pop: nada de shows, giras ni promociones. Ni siquiera fotos.

De la visibilidad extrema de sus primeros años con The Walker Brothers (que no eran hermanos) y sus primeros pasos como solista totalmente a contramano del hippismo y la contracultura psicodélica (Sinatra en Carnaby Street: Walker reinventó al
crooner mientras marchaban Led Zeppelin y Black Sabbath) pasó a este ostracismo como el de Salinger o el de Greta Garbo. Ya solo veríamos su voz, cada vez más concentrada en la autoexploración de su registro entre barítono y bajo y expuesta a paisajes sonoros cada vez más disparatados y hostiles.

Como una especie en extinción, Walker apenas dejaría ver su rostro en el film documental
30 Century Man. Siempre en tomas oblicuas, semioculto bajo una gorra de lona, que lo protegía de la curiosidad del mundo como si fuera un albino suelto en la extensión de una playa mediterránea. David Bowie es el productor de ese film, que circuló como un secreto, de link a link y CDR, entre los
connoiseur de Buenos Aires. Los discos de Scott Walker nunca se editaron en la Argentina y su nombre entró en circulación a partir de la reivindicación que de él hicieron estrellas del brit pop como Damon Albarn (“The Universal”, de Blur, es Walker puro, sin destilar) y, sobre todo, Jarvis Cocker y Pulp, a quienes produjo en el álbum
We Love Life. Sin embargo, algo de aquella scottmanía de mitad de los 60 llegó al Río de la Plata a través de
Shindig!, un show de música beat inglés (los Rolling Stones tocaron “Satisfaction” por primera vez en TV ahí) que se repetía en la tv argentina los domingos, a las 18. La conexión de Walker con la Argentina tiene un costado menos pop, sin embargo. En
Nite Flights, el disco reunión de Walker Brothers de 1978, la canción “The Electrician” recoge el guante de las noticias que llegaban a Europa desde aquí. Ese “electricista” no era otro que el medieval torturador a punta de picana. El mismo nombre del disco es una alusión a los dantescos vuelos de la muerte. Ni hacía falta que pusieran a los Walker Brothers en la lista negra de la censura: nadie se enteró entonces de ese disco. Scott sabía más de nosotros que nosotros de él. Las versiones de Brel trajeron a Walker de regreso justo en 1990 cuando se editaron todas juntas en un disco recopilación. Así fue como consagró su lugar en el panteón de los mitos vivos sobre los que se edificó el brit pop, un movimiento paradójicamente bastante más insular. Escucharlo sigue siendo una experiencia estética desafiante. No solo por cómo interpreta la traducción de Mort Shuman, sino por los arreglos que llevan la orquestación usual del pop barroco a los bordes de la música atonal. Y hay algo en la foto de la contratapa del disco que habla de todo esto. Scott posa como posaban nuestros cantantes melódicos: Sandro, Raphael, todos ellos. Pero el fondo es de un negro de agujero cósmico. Es una estrella rara, al fin, difícil de atisbar con el telescopio. Ya en 1977, el
New Musical Express había puesto: “Cuando Scott descubrió a Jacques Brel el efecto fue devastador. Nadie, ni siquiera Dylan, Jim Morrison o Lou Reed, había hecho en la música pop música más nihilista, nocturna y atormentada”.

Y es verdad.

Escucharlo fue, es, siempre devastador. Del principio al final.

Scott 4


Scott4 Crédito: Europa Press

1969

En su huida de la fama a nivel Beatles que había logrado con los Walkers Brothers, el músico se embarcó en una etapa solista influida por el existencialismo, la política y el cine francés. Es considerado uno de los 101 discos que debés escuchar antes de morir.

S. W. canta Jacques Brel


Crédito: Europa Press

1967/1969

En pleno estrellato, Walker descubre al cantante belga Jacques Brel y queda totalmente fascinado. Afirma su idea de hacer música pop con un mensaje más profundo y empieza a cantar sus temas traducidos al inglés con un éxito de culto impresionante.

Tilt


Tilt Crédito: Europa Press

1985

Abre una nueva etapa artística y es una de las obras más impredecibles y originales de la música pop. Luego de años de autoexilio y hermetismo total, el músico aparece con este paisaje sonoro de pesadilla que combina música industrial con clásica y moderna.

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