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La selección argentina viaja en Uber


Jorge Sampaoli, de la selección argentina al Santos Fuente: LA NACION
26 de junio de 2019  • 00:04

En Brasil, país anfitrión de la Copa América, el equipo novedad es Santos. Lleva seis victorias, dos empates, una derrota, 74 por ciento de eficacia. Jamás había sumado así desde que el Campeonato Brasileño inició en 2003 el formato de puntos corridos. Pero la nota es su fútbol de ataque. A Corinthians le impuso días atrás una posesión de hasta 82 por ciento. Más de veinte llegadas. Un estilo “innovador”, dijo el excrack Tostao, en un “Brasileirao” cuyo resultado más repetido es el 1-0. Santos sale jugando siempre. A un toque. Juega 4-3-3 o 3-4-3. Su técnico fue invitado por la CBF a un debate con Tité, DT de Brasil. El técnico del elogiado Santos es Jorge Sampaoli. El mismo DT que no pudo o no supo trasladar a la selección argentina ese fútbol de autor que sí había impuesto antes en Chile y en Sevilla. Y que ahora impone en Brasil.

Sorprendió el arribo de Sampaoli a un club que lleva década y media sin salir campeón y que es un mito no solo dentro de su país. Se cumplen sesenta años de la goleada de Santos 5-1 a Barcelona en el Camp Nou. Es un resultado hoy inimaginable, pero así eran las cosas antes. En aquel 1959 Santos paseó a Pelé por el mundo. O Rei jugó 103 partidos. Anotó 127 goles. Nigeria y Biafra pararon una guerra para verlo jugar. Pelé hacía paredes con Coutinho. Atacaba también con Dorval, Mengalvio y Pepe (y Pagao). Tanto show, es cierto, frustró más títulos internacionales. Suenan a poco dos Libertadores y dos Intercontinentales (1962 y 63), incluyendo una histórica paliza de 5-2 en Lisboa al Benfica de Eusebio. La TV inglesa prepara un nuevo documental sobre ese equipo glorioso. El club tuvo además a cracks como Carlos Alberto, Clodoaldo y, ya en años más recientes, Robinho, Neymar y ahora Rodrygo, que debutó con 16 años y, con 18, fue presentado hace diez días como nueva estrella de Real Madrid, que lo pagó 40 millones de euros.

Mil novecientos cincuenta y nueve fue también el año del primer campeonato nacional en Brasil. Santos fue subcampeón. Y ganó los cinco títulos siguientes, de 1961 al ’65, los tres últimos invicto. Tiempos dorados. Brasil era tricampeón mundial de la mano de Pelé. Pero en la Copa América, tras el título de 1949 en su país, la “seleçao” sufrió cuarenta años de sequía. Brasil volvió a ganar en Sudamérica recién en 1989 y otra vez de local. Estuve allí. Un doble empate sin goles en la primera rueda contra Perú y Colombia provocó palos de la prensa, silbidos en el estadio, huevazo contra Renato Gaúcho y hasta rumores de despido en pleno torneo del DT Sebastiao Lazaroni. Pero Brasil venció en la final a Uruguay y Lazaroni pasó a ser elogiado. Su fútbol utilitario sucumbió sin embargo al año siguiente en Italia 90 ante una Argentina todavía más cínica de Carlos Bilardo. Los colosos de Sudamérica ya jugaban otro fútbol.

Brasil quiere ganar ahora una nueva Copa América en casa. El último 5-0 a Perú abrió expectativas, pero hasta un 95 por ciento de la población, según una encuesta de UOL, dijo que el torneo le era indiferente. Resabios acaso del 7-1 de Alemania, de los dirigentes corruptos, los boletos caros y de la ausencia de Neymar, que eligió ser celebridad antes que crack. Además, Brasil vive días agitados. Hubo huelga general. Ayer el tema fue Lula preso o libre. Y está el ex juez Sergio Moro que, como Neymar, pasó de ídolo a villano. Ambos “héroes porque no respetan los límites, una marca de esta época”, escribió la periodista Eliane Brum. Ambos apoyados por el presidente Jair Bolsonaro, “a quien sus seguidores llaman ‘mito’. De esta calidad de mitología -añadió Brun- surgen los nuevos héroes”. Para Glenn Greenwald, el periodista Premio Pulitzer que jaqueó las investigaciones del exjuez, “los grandes medios” de Brasil olvidaron su rol cuando “transformaron a Moro en superhéroe”. Algunos de esos medios son los mismos que piden hoy la renuncia de Moro como ministro de Justicia. Acaso podrán pedir mañana la de Tité. En política y en fútbol, elogios o palos según sople el viento. Es Brasil. Podría ser Argentina.

La AFA dejó partir primero al Tata Martino. Y echó luego a Sampaoli, a quien había contratado como inicio de un proyecto que, supuestamente, debía ir más allá de Rusia. Pero el Mundial, por errores propios y ajenos, pagó un costo demasiado duro. En Brasil, donde algunas encuestas hasta lo citan como eventual recambio para la verdeamarilla, Sampaoli vive hoy a cien metros del mar. Hace surf. Aprendió a jugar fútbol-tenis. Robinho lo desafió al fut-voley. Va en bicicleta a los entrenamientos. Sampaoli pide a su equipo sin estrellas que corran para recuperar pero que estén más quietos para jugar. El club es una cosa, la selección otra. Para técnicos y jugadores. El eterno miedo a perder paraliza todo, especialmente el juego. Lo sufre hasta un supercrack como Leo Messi. El último domingo, Qatar fue tibia mejora y boleto a cuartos. Sea cual fuere el resultado del viernes ante Venezuela, suena difícil percibir el futuro de este nuevo proyecto liderado por Lionel Scaloni. Todo un símbolo, la tele acompañó estos días crónicas desde Brasil con promociones de Uber, el nuevo sponsor de la AFA. La precariedad al palo.

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