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A un año de la muerte de Maradona, esa difícil sensación de que hay que hacer algo con el vacío que dejó

Hay un podcast nuevo con seis capítulos que retratan con maestría los últimos días. Hay varios libros: uno con enfoque político, otro con mirada feminista, otro con crónicas políticas y sociales sobre su vida, otro sobre su figura endiosada, otro sobre su salud, otro con caricaturas que ilustran su historia. Hay una serie que estaba pensada con el protagonista vivo y salió a la luz luego de su muerte.

Hay un periodista que cuenta en televisión que lo enterraron sin el corazón. Y hay una serie de medios que replican enseguida la noticia.

Hay una mujer cubana que viaja a la Argentina para declarar ante la Justicia y cuenta con detalles que sufrió una violación. Hay un hombre italiano que fue su amigo, que estuvo con él en Dubai, en Cuba, en Culiacán y en Argentina que ahora tironea por los derechos comerciales. Del otro lado puja un abogado que fue su apoderado y también su amigo y que durante los últimos años comandó a esa figura ambigua etiquetada como “entorno”.

Hay una radio que ofrecerá 24 horas de programación dedicadas a él. Hay una estatua nueva en la puerta del estadio que lleva su nombre en Nápoles. Hay un excompañero que difundió un video emotivo en el que le habla como si pudiera escucharlo. Hay otro video, que viraliza la Liga Profesional de Fútbol, y que repasa cada uno de sus pasos. Hay hijos que eligen expresar sus sentimientos públicamente y otros que prefieren refugiarse en el recuerdo silencioso.

Uno de los cientos, tal vez miles, murales de Maradona. Foto Maxi Failla

Hay murales por todos lados. Hay tatuajes nuevos. Hay gente que ve figuras icónicas en nubes, en una mancha de humedad o en una milanesa. Hay futbolistas que se paran en el centro del campo de juego formando un número 10.

Hay un tipo que se parece a él, que vive en Mar del Plata y que mientras volvía de hacer las compras fue filmado por una vecina. Hay personajes secundarios de su vida -y muchos que ni catalogarían como extras- que se plantan en el centro de la escena. Hay una necesidad de decir algo, evidentemente.

Hay un exceso de opinión. Hay sobreanálisis. Hay emociones genuinas y hay lágrimas forzadas.

En medio de todo esta locura que lleva 365 días, llega una consigna: hay que escribir sobre Maradona. ¿Por qué? ¿De qué? ¿Para qué? Son estas líneas.

El momento cumbre de Diego: con la Copa del Mundial 86. Foto AP/Carlo Fumagalli

Hace un año, Diego se murió. Se murió solo, aunque siempre había alguien que lo acompañaba. Se murió durmiendo en su cama sin que nadie se animara a intentar despertarlo. Se murió asqueado de muchas cosas que decoraron su vida. Se murió desmotivado. Se murió triste.

Se murió. Y dejó latiendo la sensación de que el resto de los mortales debemos hacer algo con todo eso que dejó.

Como a tanta gente, la pandemia y el aislamiento le aceleraron la cinta. Como a tantos hijos, la muerte de sus padres ya le había pegado una piña de esas que dejan una cicatriz eterna. Como ocurre con muchos anónimos, las adicciones fueron su escondite inmanejable.

El pueblo argentino no necesitó de una orden ni de una sugerencia ni mucho menos de una invitación para movilizarse masivamente el 26 de noviembre de 2020. Aquella muestra espontánea y genuina, que salteó los protocolos de la pandemia y terminó chapoteando en la fuente del Patio de las Palmeras de la Casa Rosada, fue el primer gran homenaje. Fue el mejor homenaje. El dolor más genuino de todos.

Diego Maradona, el 26 de diciembre de 2019 en el balcón de Casa Rosada. Foto Maxi Failla

Porque no fue solo tristeza. Allí hubo alegría bajo el sol, hubo cánticos y gritos, hubo desborde y descontrol. Hubo ricos y pobres en la misma fila. De Boca, de River, de todas las diversidades. Choripanes, flores, fotos, pelotas, camisetas.

Y ahí sigue latiendo Maradona. En ese pueblo que lo hizo propio y al que no le entra en la cabeza la posibilidad de olvidarlo.

Cada detractor que intente desprestigiarlo solo incrementará la idolatría.

Porque ahora hay margen para exagerar tranquilos. Hay lugar para llegar a dimensiones impensadas y hacer una autopsia mediática de todo el universo maradoneano. Lo dijo el propio Diego: “Ni muerto me van a dejar tranquilo”.

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