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Los enfermeros, con temor por las agresiones: “La gente equivoca el enemigo”

Allí están en un bar, tomando un café doble para despabilarse. Son pasadas las ocho de la mañana de un día de semana, acaban de terminar una guardia nocturna de ocho horas y en un rato tienen que empalmar con el otro trabajo. Así viven desde hace dos años, sin respiro, con estrés laboral y emocional, con falta de incentivos por los bajos sueldos, preocupados porque el Covid modelo 2022 es implacable y ahora, dicen, están “temerosos por la intolerancia de la gente, que se tradujo en discusiones, insultos y hasta agresión física”.

Martín Baistrocchi (37), Marina Del Regno (29) y Marcelo Zukowski (43) son licenciados en Enfermería y le ponen el pecho a esta difícil situación, que con “el capítulo Ómicron ha explotado de casos y los distintos centros de testeos están colapsados”, pintan el panorama.

Baistrocchi trabaja en el Instituto Cardiovascular (ICBA) y además hace atenciones domiciliarias, Del Regno cumple funciones en la Unidad de Cuidados Críticos Obstétricos de la Maternidad Sardá y es docente en la Universidad de La Matanza y Zukowski hace lo propio en el sector Covid del Hospital María Curie, además de trabajar en la terapia intensiva del IADT.

“Amamos nuestra profesión pero queremos ejercerla en mejores condiciones, así como estamos es muy difícil”, hacen saber Baistrocchi, Del Regno y Zukowski. Foto: Andrés D’Elia

A las corridas, desayunando apurados y mirando el reloj a cada instante, los tres enfermeros no vacilan: “Amamos nuestra profesión, pero queremos ejercerla en mejores condiciones. Lamentablemente no existe la calidad de vida. Tenemos hasta dos y tres laburos… ¿Por qué?“. Y afirman casi en simultáneo: “Si nos surge alguna oportunidad afuera, nos vamos. No es sencillo aterrizar en otro lugar, pero sabemos por conocidos que con un solo trabajo, ocho horas por día, vivís bien, disfrutás la vida, algo de lo que nosotros no tenemos la menor idea“.

Del Regno vive en Merlo, duerme un promedio de 4 horas por día y en su rutina tiene normalizado estar entre 14 y 16 horas fuera de su casa. “Lo único que agradezco es no tener hijos, porque calculo que sería una madre fantasma. Yo elegí esta profesión, no me pusieron un arma en la cabeza, estudié mucho y me sigo esforzando haciendo cursos, maestrías y posgrados, pero el laburo está desvirtuado y muy castigado. En el común de la gente está la idea de que el médico es el que está presente, el que cura y el que permanece en el día a día, cuando es exactamente al revés”.

“Es como que estamos en un segundo plano, muy ignorados”, complementa Zukowski. “¿Quién pasa las horas con el paciente? ¿Quién escucha los temores, las dudas del paciente? ¿Quién maneja la psicología del paciente? Estamos nosotros los enfermeros, que somos los que muchas veces tenemos que zamarrear al paciente que está caído por un diagnóstico o por alguna palabra del médico. Ojo, no es una disputa contra los médicos, nada que ver, sólo intentamos una reivindicación de nuestro laburo, el de los enfermeros, que es extenuante”.

“No tenemos calidad de vida, para llegar a fin de mes necesitamos del pluriempleo, lo que resulta agotador”, señalan Del Regno, Zukowski y Baistrocchi. Foto: Andrés D’Elia

Asiente Baistrocchi, que agrega que “el enfermero es un pilar, una pata fundamental para la contención del paciente. Nosotros estudiamos cinco años y nos fuimos perfeccionando, no cualquiera hace este trabajo por el cual luchamos para que se profesionalice. Yo trabajo en un entidad privada y gano un poco más que Marina (Del Regno), que cobra en el sector público 55 mil pesos. Eso no puede suceder y mucho menos en tiempos de pandemia, cuando a la falta de personal aislado por contagio, se le suma una grave carencia de insumos“.

Justamente la falta de insumos, agregado “a la inexistencia de un plan de contingencia para afrontar esta nueva variante, muy contagiosa, como es Ómicron, provoca la violencia de la gente“, lanza Baistrocchi.

“No aprendimos nada, parecemos novatos enfrentando la pandemia, cometemos los mismos errores, sufrimos el empobrecimiento en cuestiones básicas como no tener los suficientes kits de testeos para la cantidad de gente que, a diario, hace las colas. Entonces ¿qué sucede? Que la gente estalla, no se banca que le digan ‘hasta aquí llegamos, vuelva mañana’ porque viene muy recargada”, describe Zukowski, que vive en Ciudadela.

“Sin solidaridad no hay futuro”. El mensaje de la Asociación de Trabajadores de la Sanidad (ATSA), tras los hechos de violencia: “De seguir con el maltrato y la violencia, no dudaremos en tomar medidas”.

Pero la gente equivoca el enemigo“, remarca Baistrocchi, que vive en San Justo. “Nosotros no somos el enemigo de las personas, ¿por qué se las agarran contra nosotros como si fuésemos los enfermeros los que decidimos hasta dónde se testea? Hay un horario, por supuesto, pero si no tenemos los insumos necesarios para cubrir la demanda, ¿qué tenemos que hacer, pagarlos de nuestro bolsillo?“.

Días atrás, la Asociación de Trabajadores de la Sanidad emitió un comunicado dejando entrever la preocupación por los repetidos hechos de intolerancia en el que los médicos y enfermeros se vieron involucrados. “No deben caer sobre nosotros los enojos, resentimientos, ni el agotamiento. No permitiremos el maltrato. Estamos haciendo todo lo que está a nuestro alcance para testear y atender a la mayor cantidad de pacientes posibles. Les pedimos a la sociedad comprensión y consideración“. Y termina con una advertencia: “No dudaremos en tomar medidas de acción directa para que cese el hostigamiento”.

Sobre el comunicado, ellos piensan que “fue una medida oportunista, sólo para quedar bien, porque la verdad es que no sentimos ninguna contención del sindicato. Los delegados están en sus casas, sentados en un escritorio con aire acondicionado, no viven lo que vivimos nosotros”.

“Enfermería es profesional”, da cuenta el barbijo de Marina Del Regno. “Enfermería hizo, hace y seguirá haciendo historia”, se lee en su pañuelo. Foto: Andrés D’Elia

Tanto para Del Regno, como para Baistrocchi y Zukowski “esta tercera ola pegó distinto en la gente, en el ánimo y en la cabeza. Supongo que debe tener que ver con el excesivo calor durante muchos días seguidos, pero también con las urgencias de muchos que se iban a testear porque no sabían si viajaban, si se reunían con familiares”, desliza Marina.

“Lo que noto yo es como una suerte de psicosis de la gente, que llegó a ir a testearse hasta dos o tres veces por semana, aún sin tener síntomas y con el peligro que eso conlleva de pescarse el virus en la cola”, llama la atención Martín. “Este nivel de contagios no estaba en los planes, sorprendió, nadie se la vio venir y la gente evidencia hartazgo hacia nosotros, que somos el blanco más fácil, los que damos la cara”. Acota Zukowski: “Sucedió varias veces con pacientes que debían quedarse aislados en una sala, un par de horas esperando el resultado, y eso los alteraba, se ponían intolerantes y se querían ir”.

Cuando hablan de que no hay un plan de contingencia, los trabajadores de la salud apuntan “a una organización a nivel general. Por ejemplo: para controlar el ausentismo muchas empresas piden un PCR para comprobar la situación de sus empleados y ese es uno de los motivos por los cuales se producen cuellos de botella en las colas de testeos. ¿Por qué las empresas privadas no implementan un testeo privado, con un móvil en la puerta de la compañía? ¿Es tan difícil proponer una idea parecida?”, pregunta Baistrocchi.

“En la ciudad de Buenos Aires hay 19 centros de testeos en hospitales, son muy pocos”, detalla Del Regno. “En mi caso particular, en la Sardá somos 350 enfermeros de los cuales hay 40 que están aislados porque se contagiaron, lo que representa más de un diez por ciento del personal, con lo cual los otros 310 estamos más exigidos. Y lo peor es que empezó a correr un fuerte rumor de que nuestras vacaciones corren peligro. Imaginate que muchos de nosotros hace dos años que no paramos”.

“Lo que se advierte es una suerte de psicosis de la gente, que llegó a ir a testearse hasta dos o tres veces por semana, aún sin tener síntomas”, sostienen. Foto: Andrés D’Elia

¿Qué sucedería si empezaran a caer soldados? ¿Qué pasaría si el contagio cobrara masividad en el sector enfermería? ¿Hay enfermeros suficientes para salir a cubrir esos puestos? Zukowski recoge el guante. “La respuesta es no, ¿entonces? Si eso ocurriera, que no sería algo descabellado por cómo vemos que se comporta esta cepa, se saldría a buscar enfermeros a último momento y sin la experiencia necesaria que exige un momento como el que estamos atravesando. Hay escasez de personal especializado y eso lo termina pagando el paciente“.

Para Marina, Marcelo y Martín, la pandemia era una oportunidad “para visibilizar las tareas que lleva a cabo un enfermero, un actor principal en el área de salud, para, quizás, alcanzar el reconocimiento social que nunca tuvo, tuvimos... Pero bueno, fueron dos semanas de aplausos al principio de la pandemia, luego pasamos al olvido y ahora se acuerdan de nosotros para putearnos o agredirnos“, expresa con un dejo de amargura Baistrocchi.

Otra vuelta de café. Miran sus relojes, el tiempo los arrincona. “Obviamente la mayoría de la gente agradece nuestro laburo, pero basta con que un puñado se comporte de manera hostil como para arruinarlo todo. A partir de diciembre hemos advertido cómo se incrementó ese malhumor social, esa intolerancia e irrespetuosidad hacia el trabajador. Somos de carne y hueso también, ¿alguna vez pensaron en nosotros? Yo vivo en Merlo, tengo cuatro horas de viaje, ida y vuelta, y también arrastro mis problemas”, hace saber Del Regno.

“Uno entiende que el paciente tiene la prioridad, obviamente, pero tiene que existir el registro hacia el otro. Y no me refiero en situaciones límite, eso está más que claro, sino especialmente a momentos de espera, que sabemos que es tediosa pero no podemos hacer más de lo que está a la vista. Nosotros venimos con una acumulación de horas insalubres, con muy poco descanso, mal alimentados y trabajando en condiciones a veces lamentables”, enumera Zukowski. “No tenemos los insumos y nos putean, se las agarran con nosotros”, sonríe impotente.

Del Regno se indigna ante tamaña injusticia. “Nosotros ponemos la carita, no nos ocultamos, estamos acá y nos comemos las cachetadas de la gente y hacemos mutis. O tenemos que bancarnos al familiar, que a veces es peor que el paciente, y nos insulta y prepotea de una manera inconcebible. Y tampoco decimos nada, aguantamos, tragamos, el tema es que no damos abasto“. Zukowski va más allá: “No escuché a ningún político referirse a la agresión a médicos y enfermeros. No hay nadie que nos proteja, tampoco una bajada de línea desde las altas esferas”.

No duda Baistrocchi: “El presidente sólo se refirió al personal de salud cuando dijo que nos habíamos relajado“. Se transforma el rostro de los tres. “Fue una trompada al hígado de la que todavía no nos recuperamos”, siente Zukowski, “O cuando Ginés (González García) dijo que el personal de salud se estaba contagiando porque no utilizaba los elementos de protección. Mucha violencia recibimos desde el Gobierno, así es cómo nos ven. Y es lo que ellos necesitan, que la gente apunte contra alguien como nosotros y ellos quedan liberados”. 

La posibilidad de hacer un paro la descartan. “Sería como agredir al sistema de salud”, dice uno. “En estos tiempos tan sensibles, sería como ponernos a todo el país en contra“, aporta otro. “Todo es desmoralizante”, coinciden los tres, que concluyen: “Arrancar la semana es ir a la jungla y se nos hace larguísimo hasta volver”. Baistrocchi y Zukowski lo sintetizan: “El propio sistema nos descarta, uno vive estancado y retrocede, siempre sin una moneda en el bolsillo, es angustiante porque para laburar tenés que estar al ciento por ciento porque de lo contrario el paciente te lo hace sentir“.

“Vos elegiste este laburo, tenés la obligación de atenderme las veinticuatro horas, te dicen”, cuenta Del Regno. “¿Y qué vas a contestarle? ¿Qué sentido tiene? En esos momentos, la pregunta recurrente que más te aparece es: ‘¿Y si busco laburo de otra cosa?’. ¡Cuántos problemas nos sacaríamos de encima!”. Coinciden Baistrocchi y Zukowski: “A este paso, con este nivel de angustia y estrés, llegás quemado a la jubilación, si llegás. De ninguna manera”, subraya Martín. “Lo vemos en nuestros colegas de cincuenta y pico, sesenta, que están realmente mal”, hace saber Marcelo.

Es hora de irse, ya no hay más tiempo, los espera el turno diurno. Pero antes dejan el último mensaje: “Es el momento para que el Gobierno concientice a la población para que se cuide más, porque si no para la pelota ahora, si no restringe algunos sectores esto puede ser un desastre. Necesitamos un gesto desde lo político, alguna contención, Y que se hagan cargo de que son ellos los que deben mejorar y gestionar. Todavía estamos a tiempo, no esperemos que el sistema de internación se tensione“.

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