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Cómo la Italia fascista de Benito Mussolini utilizó al deporte para promover sus “oscuros intereses”

Al anochecer del 24 de octubre, exactamente un siglo atrás, con la imagen del Teatro de San Carlo en Nápoles donde se representaba “Madama Butterfly”, Benito Mussolini vociferó ante 40 mil fanáticos de su movimiento fascista: “O bien se nos deja gobernar, o nos apoderaremos del mando al marchar sobre Roma y agarrar por el pescuezo a la miserable clase política que nos gobierna”.

Fue su ultimátum al rey Víctor Manuel III y al débil régimen liberal, en ese momento bajo el mando del primer ministro Luigi Facta. Los Camisas Negras de Mussolini escucharon el discurso (“A Roma, a Roma…”, clamaban) mientras el jefe del gobierno preparó la respuesta: un decreto –que debía firmar el rey- implantando el Estado de Sitio y movilizando al ejército italiano para detener a los Camisas Negras. No hicieron nada y durante los días siguientes los fascistas asaltaron las alcaldías de Florencia, Pisa y Cremona. El rey guardó el decreto, sin firmar, en su escritorio y le dijo al primer ministro: “Ahora es necesario que uno de los dos se sacrifique”. La respuesta era obvia.

El paso siguiente, fue ofrecerle la jefatura del gobierno a Mussolini, quien –viajando en tren desde Milán a Civittavecchia, el día 30- difundió que esa toma del poder era consecuencia de la “Marcha sobre Roma” de 300 mil legionarios (en realidad, fueron la décima parte, con armas, barras de hierro o palas), llegados en trenes y camiones… “Se espera que los fascistas entren en Roma, por la fuerza, hoy o mañana”, anticipaba el corresponsal del The New York Times. El Ejército podía neutralizarlos, pero no recibió ninguna orden. Los fascistas de Mussolini repitieron, a su llegada, el mismo ritual que habían desplegado en otras ciudades: saqueos, represión, cierre de los diarios opositores, violencia extrema contra cualquier atisbo de disidencia. Había cambiado Italia, iba a cambiar el mundo. Como escribió Denis Mack Smith en su biografía del Duce, “estaba la sensación de que el fascismo era una opción frente a la anarquía, el último recurso”.

Benito Mussolini marcha sobre las calles de Roma.

Era el comienzo de una época nefasta. Para el mundo entero.

El recurso del deporte

La utilización que Mussolini hizo sobre el deporte es el eje de un artículo de un especialista en las actividades olímpicas, Felipe Barker, quien recientemente en “Inside the Games”, vinculó esa manipulación con los desafíos que el deporte mundial afronta en los próximos meses. Principalmente, los Juegos de Invierno en China –a los que Estados Unidos y aliados intentan boicotear de algún modo- o hasta el Mundial de Fútbol, que organiza por el controvertido régimen de Qatar.

En su reciente mensaje de Año Nuevo, el presidente del COI, Thomas Bach, señaló: “Solo podemos cumplir nuestra misión de unir al mundo, si todos respetan que los Juegos Olímpicos deben estar más allá de todas las disputas políticas”. Baker apunta que “las palabras de Bach, o las del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, respecto a Qatar se han hecho eco de las de sus predecesores. Los críticos han comparado la postura del COI ahora con la adoptada en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 celebrados a la sombra de la esvástica nazi”. Tal vez esto, por ahora, suene algo exagerado.

El artículo de Baker se titula “Cuando el deporte tomaba el té con Mussolini”, un guiño a la deliciosa película de Franco Zeffirelli. La cultura cinematográfica italiana nos legó numerosas obras que reflejan aquellos tiempos (“Una jornada muy particular”, de Scola, “El jardín de los Finzi Contini” o la imponente “Novecento”, de Bertolucci, entre otras), pero –alusiones artísticas al margen- lo cierto es que el Duce utilizó al deporte como lo hicieron otros déspotas, de cualquier signo político.

La Selección de Italia realiza el saludo fascista.

Las inversiones en estructura deportiva y el interés por exhibir a sus selecciones como una bandera lograron que Italia tuviera fuerza en el panorama mundial de distintas disciplinas. Sus héroes podían ser el piloto Tazio Nuvolari o el boxeador Primo Carnera, Giuseppe Meazza en fútbol o cualquiera de sus campeones olímpicos: atletas, ciclistas, esgrimistas. Mussolini designó al propio secretario del partido fascista, Achille Starace, al frente del CONI (el Comité Olímpico Nacional) y cuando algunos lo objetaron –“Es un idiota”- la respuesta fue: “Sí, pero un idiota obediente”.

“De escasa inteligencia, desprovisto de humor, totalmente obediente y untuoso adulador, era alguien a quien el Duce podría desdeñar pero con quien podría contar, alguien que jamás lo iba a contradecir o que trataría de robarse los titulares de los diarios”, escribió uno de los biógrafos de Mussolini. Le atribuye también a Starace el montaje de toda la escenografía que, en el deporte y otras manifestaciones populares, se vería de allí en adelante. El culto a la personalidad, diríamos en lenguaje “de izquierda”.

Entre aquellos deportistas, tal vez ninguno alcanzó la dimensión popular de Nuvolari, el “piloto de las hazañas imposibles”, vencedor en Le Mans y en más de un centenar de carreras. Una de ellas, en Nürburgring, presenciada por el propio Hitler y sus acólitos. Fue el más grande piloto en la era pre-Fórmula 1 y al morir en 1953 –Fangio estaba para homenajearlo- delante de su tumba colocaron la inscripción ‘Correrai Ancor Più Veloce Per Le Vie Del Cielo’ (correrás aún más rápido por los caminos del cielo).

La dirigencia deportiva de Italia se alineó con el Duce y se llevó para su país numerosas competencias internacionales. Entre las más relevantes estuvieron los Juegos Mundiales Estudiantiles de 1933 en Turín –el antecedente de la actual Universiada- donde el atletismo argentino fue representado por el velocista y finalista olímpico Carlos Bianchi Luti y el garrochista Diego Pojmaevich. Este logró la medalla de plata, mientras Bianchi Luti se lesionó en las semifinales de los 100 metros llanos.

Esos Juegos se desarrollaron en el flamante Estadio Mussolini, en Turín, y al inaugurarlos, Starace terminó su discurso con la frase habitual: “Saluto al Duce”.

La organización de estos Juegos, así como el Mundial de fútbol del año siguiente, estimularon a Mussolini para pretender la organización de los Juegos Olímpicos. El conde Henri de Baillet-Latour, presidente del COI, visitó Italia. “Tuve el honor de una entrevista con Su Excelencia, Señor Mussolini”, les informó a los directivos del COI. Y elogió “el cuidado que pone el Duce en proporcionar a la Educación Física en Italia los recursos más perfectos. El progreso alcanzado en el ámbito del deporte en Italia no es más que el resultado justo de una organización maravillosa”.

Italia pidió la organización de los Juegos del 40, que se le concedió a Tokio. Entonces, se reservó los de 1944. No hubo Juegos, ni en el 40 ni en el 44, la guerra impulsada por Mussolini y sus émulos de otros países lo impidieron.

Beccali, una leyenda del mediofondo

Luigi Beccali.

Uno de los momentos estelares del deporte italiano de esa época se vivió durante los Juegos Olímpicos de Los Angeles, en 1932, cuando ocuparon el segundo puesto del medallero, dominando por la mayor potencia mundial, Estados Unidos. Y el símbolo de aquella formación azurra era el atleta Luigi Beccali, quien conquistó los 1.500 metros llanos con un récord olímpico de 3m.51s.2, apenas tres días antes de que nuestro Juan Carlos Zabala se cubriera de gloria en el maratón.

Beccali extendió su brazo en el podio, haciendo el saludo fascista, mientras en el Memorial Coliseum sonaba la música de “Giovinezza”. Las hazañas de Beccali en las pruebas de mediofondo, hasta entonces dominio de los países anglosajones, lo convirtieron en uno de los jóvenes mimados del régimen, aún cuando más tarde supo tomar una prudente distancia.

Oriundo de Milán, trabajaba para el municipio y entrenaba en sus ratos libres. En su debut olímpico en Amsterdam (1928) no atravesó las series y significó una frustración para él. Desde allí que comenzó a prepararse con Dino Nai. “Dino fue el que nos introdujo en el concepto de entrenamiento”, recordó. Dino Nai está considerado el “primer científico” en el deporte italiano, el iniciador de una dinastía de excelentes preparadores, que continúa hasta nuestros días. “Hasta que apareció Dino Nai, los mediofondistas en Italia apenas entrenaban un par de días y después se dedicaban a descansar. Con él, pude empezar a entrenar diariamente, y a veces en dos sesiones”, explicó el atleta.

En realidad, Dino Nai era un veterinario, que se encontró con Beccali después de cursar una beca en la Universidad de Columbia, en Estados Unidos. “Escúchame, no soy entrenador de atletismo. Lo único que hice hasta ahora fue entrenar caballos. Pero si te decides, lo haremos juntos”, le prometió. Revolucionaron una de las distancias clásicas del atletismo. En los Juegos de Los Angeles, Beccali aplicó la filosofía de los británicos para los 1.500 metros (“no te quemes antes de tiempo”) y fulminó a sus rivales con su sprint de los últimos 300, que le cronometraron en 41s. Si hasta allí era uno más en la elite del mediofondo, el oro olímpico le dio celebridad en su país y reputación en su deporte.

Luigi Beccali en Los Ángeles.

En el Mundial Universitario de 1933, celebrado en el Estadio Benito Mussolini de Turín, igualó el récord mundial con 3m.49s.2, y lo mejoró en dos décimas a las pocas semanas, en Milán. También fue el vencedor del primer Campeonato Europeo, en Turín (1934) y, posteriormente, quedó detrás de la ascendente estrella, el neocelandés Jack Lovelock, campeón olímpico en Berlin. Allí Beccali llegó tercero, al igual que en el siguiente campeonato europeo (1938), en su despedida de las pistas. Se marchó a Estados Unidos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó al negocio de la importación y exportación de vinos, y se alejó de cualquier alusión fascista. Víctima de un edema pulmonar murió en 1990 en Rapallo –había vuelto a su país de vacaciones- y hoy una placa lo recuerda en la Viale de la Olimpiada, en el Foro Itálico, en Roma.

Dos Mundiales en la cuenta

Aunque a Mussolini no se le conocía ninguna afición por el fútbol, igual lo utilizó para el mismo esquema. El aparato “mediático” y propagandístico que rodeó la organización del Mundial de 1934 tenía la misma disposición que utilizaron otros regímenes. Ya desde la década del 20 se levantaron importantes estadios como el Comunal de Florencia o el San Siro, en Milán, y con vistas al Mundial se construyeron los de Turín, Bolonia y Roma. Este último –actualmente, Flaminio- pertenecía al Partido Nacional Fascista.

Se trataba de la segunda versión de la Copa del Mundo de Fútbol, surgida en Uruguay (1930) y para la cual Mussolini dispuso que la candidatura italiana no tuviera rivales en su organización: Suecia retiró su postulación.

El historiador español Cristóbal Villalobos señaló que “investigando para un reportaje sobre Mussolini y el Mundial de 1934 vi que existían muchísimos ejemplos de cómo los regímenes dictatoriales usaron el fútbol para promover sus oscuros intereses y que éstos no se habían estudiado de forma global. Mussolini fue el pionero en el aprovechamiento del fútbol y el que tuvo más éxito, dos mundiales lo atestiguan”.

A pesar de ese clima y de la popularidad del fútbol, la concurrencia a las canchas en el 34 estuvo debajo a lo esperado.

“Vencer o morir” era el lema que el Duce le impuso a su equipo y no había forma –ni en la organización ni en los campos de juego- que pudiera detenerlo. Ciertamente, Italia disponía de un muy excelente plantel y un avezado técnico y psicólogo (además de periodista) como Vittorio Pozzo. Pero nunca se sabrá hasta qué punto las maniobras de los árbitros fueron tan influyentes como la calidad de los jugadores en la resolución de ese Mundial.

Cuando le asignaron a Pozzo la conducción técnica, Mussolini le expresó: “Hay que ganar”. “Eso intentaremos, descuide”, dijo el DT. Mussolini: “No me ha entendido: es una orden”.

Uruguay, que había sufrido el boicot europeo en 1930, les pagó con la misma moneda y no se presentó a defender el título. Por Sudamérica sólo viajaron la Argentina y Brasil, pero con equipos alternativos. EE.UU. era el otro “no europeo” entre los 16 participantes. Se jugaba por eliminación directa y la Argentina se volvió después de perder en el primer juego ante los suecos por 3-2 en Bolonia. Un partido que, con la voz de Luis Elías Sojit, constituyó la primera transmisión de fútbol desde Europa en nuestras radios.

El plantel de la selección argentina que participó del Mundial de 1934.

El equipo de Vittorio Pozzo contaba con cuatro “importados” desde la Argentina: Luis Monti (quien ya había jugado en nuestra Selección y estuvo en la final del 30) y Raimundo Orsi, ambos militando en la Juventus, Enrique Guaita (quien pasó de Estudiantes a la Roma) y Atilio De María (de Gimnasia, al Inter). Giuseppe Meazza –cuyo nombre lleva hoy el gran estadio de Milán- era la bandera de esa formación, que tenía que ejecutar el saludo fascista y reverenciar al Duce cada vez que aparecía en el estadio.

La primera prueba de fuego les tocó en los cuartos de final, una batalla campal contra España que terminó 1-1 después del tiempo reglamentario y los 30 minutos del alargue. Se resolvió con otro partido al día siguiente, en el cual los españoles ya no contaban con siete de sus titulares, en tanto los locales habían perdido a tres. Un polémico gol de Meazza clasificó a Italia para las semifinales contra el “equipo maravilla”, la Austria de Matías Sindelar, el Mozart del fútbol. Fue tan discutido el arbitraje del francés René Mercet que, luego de la Copa, lo expulsaron de por vida.

Italia también le ganó esa semifinal a los austríacos 1-0 con otro gol polémico, en este caso de Guaita. Y para la final en Roma contra Checoslovaquia, Mussolini estaba nuevamente en el palco. Se suponía un partido más accesible que los dos anteriores, pero faltando 20 minutos Puc enmudeció al estadio de Roma con gol para los checos. A nueve del final, Orsi consiguió el empate y, ya en la prórroga, Schiavio le dio el título a Italia.

“Hace cuatro años, en Montevideo, me mataban si ganábamos. Acá, me mataban si perdíamos”, sentenció Luis Monti.

Jules Rimet entregó la Copa del Mundo a Combi, el arquero y capitán italiano, y Mussolini presentó el trofeo que llevaba su nombre, además de condecorar a cada campeón “por los servicios a la patria”.

Giorgio Vaccaro, el hombre que Mussolini había nombrado para el manejo de la federación de fútbol, lo retribuyó en su informe sobre el Copa: “El entusiasmo del Duce encarnó la forma en que la Italia fascista había vivido este evento deportivo”, Italia retuvo su corona cuatro años más tarde en Francia con un 4-2 ante Hungría, cuando ya se palpitaba el drama de la Segunda Guerra Mundial. Y para la cuenta de esa generación, con Pozzo como DT, también se añadió la medalla de oro del fútbol olímpico en Berlin, en 1936.

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