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La dependencia europea del gas ruso es irreversible

La Unión Europea (UE) depende en más de 40% de su demanda de la provisión de gas ruso, y un 35% del envío de petróleo. En el caso de Alemania, cabeza de la Zona Euro, esos porcentajes son 60% de la provisión de gas y 40% en la de petróleo.

Gazprom es el mayor productor de gas de Rusia y del mundo; y tiene el monopolio de los gasoductos que trasladan el gas ruso a Europa. El gas es un commodity con una particularidad intransferible, y es que su conversión en un bien económico depende de la infraestructura que le otorgan los gasoductos, y que conectan los campos de producción con los mercados de consumo.

Gazprom produjo 540.000 millones de metros cúbicos de gas en el 2021, que es más de lo que producen BP (British Petroleum), Shell, Chevron (antigua Standard Oil), ExxonMobil, y Aramco (de Arabia Saudita), sumados.

De ese total, 168.000 millones de m3 fueron exportados a Europa, en tanto que 331.000 millones resultaron consumidos en Rusia.

El dato estratégico central de la producción rusa de gas no es su extraordinaria magnitud, sino el hecho de que no existe en el mundo reemplazo posible, debido a que el resto de las grandes compañías se encuentran al máximo de su capacidad de producción, al tiempo que la tienen absolutamente comprometida en contratos de largo plazo.

La dependencia de Europa del gas ruso es estructural; y puede afirmarse, por ejemplo, que la industria manufacturera alemana, que es la tercera del mundo y la primera en competitividad/productividad, constituye un único sistema de acumulación y producción de alcance global con la energía rusa.

Por eso es que el corte del gas ruso a Polonia y Bulgaria dispuesto hace dos semanas por su negativa a pagar la provisión en rublos, y no en dólares o euros, de acuerdo a lo establecido por el presidente Vladimir Putin en marzo, acarreó de inmediato un alza de 25% en el costo de la energía en Europa, llevándolo a € 106 (US$120) por megawatt/hora, lo que implica que ha aumentado 7 veces el último año; y esto ha ocurrido al ritmo de las sanciones impuestas a Rusia por EE.UU. y Europa.

Hay que agregar que a fines de este año concluyen los contratos de largo plazo de la provisión de gas ruso al continente europeo, y no serán renovados.

Esto significa que la provisión rusa de gas al continente se reducirá 25%, o más, en diciembre de 2022, lo que provocará, como inexorable contrapartida, el cierre de no menos de 15% de las empresas manufactureras, por el efecto combinado de la carencia de energía y de la pérdida de competitividad en el mercado mundial.

Bloomberg informó que las 10 principales compañías importadoras de energía de la República Federal ya han cumplido con la exigencia de Vladimir Putin del pago en rublos; y entre ellas se encuentran Uniper de Dusseldorf y OMB de Baviera/Austria, en tanto que ENI, la gran empresa estatal italiana, hará lo mismo.

Esto ocurre cuando la Guerra de Ucrania ha dejado de ser un conflicto entre Rusia y su vecino, y se ha transformado en una guerra global de largo plazo que enfrenta a EE.UU. y la OTAN con Rusia.

Esta guerra que tiene como protagonista principal a EE.UU. ha sido definida por el Jefe de Estado Mayor, general Mark Milley, como un conflicto “que durará muchos años”.

Esta caracterización ha sido acompañada por una redefinición de los objetivos norteamericanos, que ya no consisten en asistir a Ucrania frente a la invasión rusa, sino en “reducir drásticamente el poderío militar ruso de forma definitiva”, según adujo el Secretario de Defensa Lloyd Austin.

Hay que agregar un tercer rasgo a este giro de la política estadounidense, que es la remoción del sistema político encabezado por Vladimir Putin, según lo exigido con notable nitidez por el presidente JoeBiden en su discurso de Varsovia.

El compromiso de EE.UU. en esta nueva guerra global es absoluto y total, e incluye la decisión de “movilizar completamente su industria” que es la primera y más avanzada del mundo; y que fue el instrumento que le permitió imponerse al Tercer Reich y al Imperio Japonés en una formidable ofensiva que duró 4 años.

Hay un solo dato anómalo en esta histórica decisión de vencer a Rusia y destruir su poderío militar, y es que el Comandante en Jefe de EE.UU. en esta Tercera Guerra Global – el presidente Joe Biden – muestra una extraordinaria debilidad política, con menos de 35% de apoyo en la opinión pública, y cuando 70% de los estadounidenses están convencidos de que el rumbo del país está equivocado.

La raíz de esto es la siguiente: la inflación en marzo ascendió a 8,5% anual, la mayor en 40 años, y este nivel se ha transformado en la base de la inflación en EE.UU., lo que augura el advenimiento de una profunda recesión.

De ahí que la totalidad de las encuestas indiquen que los demócratas perderán el control de las dos cámaras del Congreso este año, por una diferencia que puede ser incluso abrumadora.

El optimismo/pesimismo es una categoría ajena al análisis económico, político, o estratégico, pero ciertamente la suerte en la Guerra de Ucrania – que es la “virtud” de Maquiavelo – se juega este año fundamentalmente en EE.UU. y no en los campos ucranianos.

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