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El insumo clave del vino que en Argentina duplicó a la inflación y es un problema mundial

Desde el siglo XVII, cuando el vino se guardó por primera vez en una botella de vino, este envase es el indiscutido para conservar nuestra bebida nacional. Pero ahora este insumo fundamental en la producción parece ser en sí mismo un problema global: está en falta en el mundo, acá su precio se fue por las nubes y también le están empezando a cuestionar su huella ambiental.

“El problema con las botellas de vino”. Así de sintético y elocuente tituló un largo artículo en estos días el diario estadounidense The New York Times, en el que ahonda en las dificultades que el “contenedor perfecto” está planteando hoy a la industria vitivinícola en el hemisferio norte.

A los problemas habituales de la cadena de suministro por la pandemia, se suma que las botellas de China, fuente importante para los EE.UU., vienen sujetas a aranceles del 25% desde 2018. Y el parate de la producción de botellas en Ucrania por la guerra bajó la disponibilidad para Europa.

En Argentina, el faltante de vidrio fue noticia hace casi un año, cuando se incendió la planta de la empresa Verallia en Mendoza, una de las principales proveedoras del mercado local. Hoy se normalizó, pero en algunos casos se sienten todavía ciertos coletazos.

“Si bien la falta en el suministro de vidrio afecta de manera global, en Argentina el impacto se vio multiplicado por el incendio en Verallia. La situación fue mejorando, pero todavía estamos lejos de una normalización total”, afirma Alejandro Vigil, presidente de Wines of Argentina, la cámara de bodegas que promueve el vino argentino en el mundo.

“Además, la situación con el resto de insumos secos también complica las exportaciones: etiquetas, barriles, corchos”, enumera el enólogo.

El contexto local tiene su particularidad: la economía argentina, con todo lo que ello implica. En la última semana, el Banco Central flexibilizó los plazos de pago de los insumos importados para la industria vitivinícola, con lo cual en el sector esperan que en este punto mejoren las condiciones para importar. Queda por resolver otra demanda: mejorar las condiciones para exportar.

“Estamos pidiendo que el dólar divisa acompañe la inflación. El año pasado tuvimos un récord de exportación, el más alto desde 2012. La necesidad del dólar para los exportadores es para no perder competitividad“, plantea José Alberto Zuccardi, titular de la Corporación Argentina Vitivinícola (Coviar), organismo público-privado que busca la promoción del sector.

Y razona: “El vino no es un commodity como la soja que podés resolver por un tiempo especial, no nos ayuda un dólar puntual. Necesitamos un tipo de cambio que nos sirva y se sostenga en el el tiempo. Cuesta mucho entrar a un mercado y si te salís, cuando volvés a entrar no lo hacés en las mismas condiciones”.

La industria del vino se ve golpeada por la suba de precios en sus insumos. Foto Archivo

Pero en este escenario, el tema en cuestión de esta nota es la botella. La producción vitivinícola nacional demanda 940 millones al año, según los datos del Observatorio Vitivinícola Argentino. Y esta demanda se abastece básicamente de industria nacional.

Con la crisis post incendio de Verallia, algunas bodegas tuvieron que recurrir a la importación y hoy se siguen importando en algunos casos botellas puntuales con formatos especiales o de vidrio blanco. Las de 750 ml y vidrio oscuro, que en 1821 sistematizó H. Ricketts & co. Glass Works Bristol como contenedor estándar, se producen en tres plantas en Argentina.

Verallia produce el 35% del total y Cattorini el 60% restante. Ambas plantas están en Mendoza y el 5% restante lo hace Cristalerías Rosario, en Santa Fe. Pero Verallia concentra el mayor porcentaje de los envases que se destinan a exportación: 70%, además del 95% de las de espumantes. 

Hoy no hay grandes problemas de suministro de botellas. Pero sí de precio. “El año pasado y este año, su valor duplicó a la inflación”, estima Zuccardi. La variación del IPC 2021 fue del 50,9% y del 36,2% en el primer semestre de 2022. El vino aumentó, de vuelta según datos del Observatorio, el 65% entre junio 2021 y junio 2022.

Las botellas tienen mucha dispersión de precio porque depende del grosor del vidrio, el color y la forma. Oscilan entre 40 y 90 pesos la unidad.

Precios en alza​

¿Cuáles son las causas de esta suba desmedida del vidrio? Durante la “crisis” del parate de Verallia, hubo una lógica de oferta-demanda: las bodegas necesitaban botellas, y había pocas. La inflación general por supuesto está impactando en este 2022, aunque en el sector ven también un componente especulativo en este aumento de costos.

Pero hay otra razón importante en el aumento del vidrio, en la que coinciden varias fuentes consultadas por este diario. Y se llama soda Solvay.

Soda Solvay es en realidad el nombre con el que se conoce al carbonato de sodio (por Solvay, la empresa que lo produce). Esta sal se utiliza en múltiples procesos productivos: detergentes, productos farmacéuticos, tinturas, textiles, aluminio, cerámicas, vidrio… y litio. Es un insumo básico en la extracción de este mineral que a su vez es insumo básico en la fabricación de baterías.

A muchos consumidores les cuesta cambiar la botella por otros formatos. Foto Archivo

“Si bien se fabrica en el país, la producción no tuvo ni la continuidad ni a cantidad que están demandando las cristalerías, que se vieron obligadas a importar. Y al margen del costo, se incrementó mucho el componente logístico”, explica Milton Kuret, director ejecutivo de la cámara Bodegas de Argentina.

Y agrega otro elemento: “En la matriz de costos de producción del vidrio tiene un peso importante la energía. Y en los meses de invierno, cuando el abastecimiento de gas no es completo, las empresas tienen que recurrir a otros combustibles que son más caros”.

Costos internacionales

Mariano Braga es un reconocido sommelier argentino que vive en España. Desde allí coincide en que el problema con las botellas es global.

“Por el Covid muchas fábricas funcionaron a la mitad de su capacidad y están aún recomponiendo esas bajas de stock. Las grandes bodegas, también en Europa, se llevan las cuotas más grandes y las más chicas hacen malabares y embotellan en los formatos que encuentran”, analiza de lo que pasa del otro lado del océano.

Otro factor internacional que complejiza la ecuación es el aumento de los costos logísticos como consecuencia de la pandemia, que complica tanto el ingreso al país de los insumos extranjeros como la exportación de la producción local.

“Las navieras están colapsadas y no dan abasto con el transporte de mercadería, y hay demoras en la operatoria de las terminales portuarias. Nosotros exportamos mucho a Canadá. Las cargas nos demoraban 60 días y teníamos 30 más para cobrar. Hoy estamos cobrando a 150”, se lamenta Fernando Rovello, gerente general de Bodega Piedra Negra.

“En Argentina estamos lejos y este problema logístico global lo sentimos mucho. El precio del transporte se cuadruplicó y a eso se suma la inflación argentina. Es la tormenta perfecta”, suma Anne Bousquet, CEO de Domaine Bousquet, que importó durante el parate de Verallia, hoy tiene un solo modelo especial de botella que trae de Chile y están trabajando con fabricantes locales para producirla acá.

El factor ambiental

La nota de New York Times pone foco en otra cuestión que la industria vitivinícola hasta ahora no ha abordado: el potencial impacto ambiental de la botella de vino.

“La fabricación de botellas de vidrio exige una enorme cantidad de calor y energía, y el vino embotellado, con todos los materiales de embalaje necesarios para proteger los frágiles contenedores, son cargas pesadas que requieren mucho combustible para transportarse. Cuanto más pesadas son las botellas, más combustible se quema y más gases de efecto invernadero se producen“, señala el artículo.

Habla de algunos proyectos en Estados Unidos de establecer sistemas de botellas retornables, algo así como el growler de las cervecerías, que fracasaron estrepitosamente. Y también de otros formatos en teoría más amigables con el medio ambiente que se están empezando a explorar.

Los bag-in-box se sirven de la caja con una válvula. Foto Archivo

En Argentina, la botella no es la única forma de embotellar vino. De hecho, cada vez más está ganando mercado el vino en lata para consumo individual y el bag-in-box, un caja de cartón que encierra una bolsa plástica con el equivalente a cuatro botellas de vino que se dispensa a través de una válvula y garantiza sus condiciones organolépticas por cuatro semanas.

Pero al consumidor le cuesta hacer el cambio. Y la cuestión es si estos formatos sirven más para captar un nuevo público –por ejemplo un joven que elige la latita en vez de una cerveza– que para fidelizar al tradicional.

“El bag-in-box sigue teniendo una mala reputación aunque el sistema de envasado es bueno. La lata es como la gran eterna promesa. Sigue siendo un producto de nicho, más joven, que se consume en un contexto descontracturado. Difícil para el que toma un tinto tomarlo del pico de una lata”, analiza Braga.

En Piedra Negra, hoy producen 90.000 litros en bag-in-box, un 6% del total. “Está creciendo pero es un mercado que cuesta que crezca”, admite Rovello y apunta que este formato de conservación funciona bien para los vinos jóvenes, pensados para ser consumidos en el año.

La bodega, que tiene mucho foco puesto en la sustentabilidad, dice que fue uno de las razones para impulsarlo como forma de fraccionar vino de calidad. “El bag-in-box contamina una quinta parte del vidrio tanto en su fabricación como en su transporte, ya que necesitás menos camiones y menor protección”.

Pero estas novedades del mercado en general tienen más que ver con expandir los compradores y situaciones de consumo.

El vino tiene envases sostenibles. El aluminio y el vidrio son eficientes en cuanto al sistema de reciclado. El vino no usa PET, que causa los problemas graves de contaminación ambiental”, matiza Zuccardi.

Braga aporta su mirada desde un mercado, el europeo, donde están mucho más adelante que acá en la temática ambiental. “Incluso el que tiene mayor conciencia sigue prefiriendo el vino en botella”, dice, y comenta que sí allá apuntan al “uso de botellas más livianas, pero es muy excepcional ver un sistema alternativo de envasado que no sea una botella”.

Y admite que en Europa, la cuestión de la sustentabilidad de la botella no es algo que esté siquiera en discusión, con una industria vitivinícola acuciada por otros problemas más urgentes como la falta de insumos y el impacto del cambio climático, con calores extremos que obligan a las bodegas a buscar nuevas latitudes más al norte para plantar.

Pero no desestima que, en algún momento, si el consumidor lo empieza a exigir recién ahí se empiece a debatir. Mientras tanto, el vino se seguirá bebiendo en botella.

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