miércoles, 22 mayo, 2024
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La destrucción del peso y los límites del plan

Empieza a hacerse cada vez más evidente la distancia entre la evolución de las variables monetarias y cambiarias –las que el gobierno exhibe orgulloso ante el FMI con aire de «misión cumplida»– y las de la economía real, que hablan de producción, consumo y distribución de ingresos, principalmente. Estas últimas, contracara de las primeras, reflejan un cuadro recesivo que se ahonda en la medida en que la inflación va separando a los que viven de un sueldo de su acceso a las góndolas.

Pero un fenómeno extraño aparece en el escenario: los particulares y también alguna empresa se van anotando día a día entre los que liquidan al menos en parte sus ahorros en dólares, para poder pagar con los pesos que obtienen a cambio, sus cuentas o sus gastos. Los ingresos «normales» que tienen empresas o familias «ya no alcanzan» a cubrir su presupuesto habitual, entonces «queman» sus ahorros en dólares para atender cuentas que no puede dejar de pagar (vencimiento de una tarjeta de crédito o el pago de la matrícula del colegio del hijo, en algún caso, o los sueldos, en otro).  

No son pocos: esos particulares y empresas han hecho retroceder más de un 10 y hasta un 15 por ciento al dólar blue y a los financieros (MEP y contado con liqui) en los últimos 30 días, al tiempo que la inflación minorista se ubicaba en torno al 15/20 por ciento mensual. 

La «brecha» entre el dólar oficial y los «financieros» se redujo de más del 50 a menos del 30 por ciento en un mes. «Una buena noticia» para las ambiciones de «estabilización» de las variables financieras del ministro de Economía, Luis Caputo, y su equipo. Un Banco Central que acumula reservas por compras netas de divisas en la plaza cambiaria mayorista, superávit de caja en las cuentas públicas en enero y el saldo positivo en divisas entre exportaciones e importaciones oarecen completart un cuadro que el gobierno celebra como un éxito de su política económica.

Pero es solo una visión parcial.

Detrás del «superavit gemelo», por ejemplo, se encubren las consecuencias de una fuerte recesión. El año pasado, la sequía hundió a las exportaciones, que este año empiecen a mostrar signos de recuperación. Pero ahora la sequía es la de dólares para importar. El Banco Central de Milei le puso cepo total a la venta de dólares para pagar la compra de insumos y con eso logró, por un lado, el descenso de las compras al exterior (que es la explicación principal del superavit comercial); y por otro lado, ahondar la recesión interna. A la caída en la demanda, que deprime las ventas, se suma ahora la caída o directamente paralización de la producción, según el rubro de que se trate.

Tampoco es imaginable que la interrupción de transferencias de partidas asignadas por presupuesto, como ocurrió en enero, se pueda prolongar indefinidamente. Además, empieza a caer la recaudación tributaria (que hasta enero estaba en alza) por impacto de la recesión. Tanto en el caso de los sectores industriales afectados por la recesión, como en provincias y distintos sectores perjudicados por el recorte de gastos, comienzan a observarse manifestaciones claras de protesta y organización de distintas formas de rechazo o resistencia. Claramente, los límites al ajuste no son de carácter técnico (inconsistencias del modelo, como lo definen algunos) sino político: hasta dónde podrá avanzar el gobierno con un programa abiertamente agresivo con sectores que empiezan a dar respuesta. 

Artimañas financieras

En el plano financiero, sin exponerlo públicamente, el gobierno logró un aliado clave en su estrategia: los bancos. Recordemos que hasta antes del cambio de gobierno se discutía abiertamente cómo manejar «la bomba de las leliq», un fabuloso endeudamiento en pesos del Banco Central con los bancos que se suponía que iba a estallar en algún momento. Ahora, ya nadie habla de las leliq. ¿Qué pasó?

Luis Caputo hizo uso de sus mejores habilidades, que son las de armar negocios financieros en el sector privado –tiene una larga trayectoria en esa tarea–, para ofrecerles a los bancos poseedores de leliq un camino de salida de esos bonos atractivo y muy rentable. El primer paso fue el canje de esos títulos de deuda de mediano y largo plazo (entre tres y 36 meses) emitidos por el Banco Central, por los «pases pasivos» de la misma entidad, a 24 o 48 horas. Fue llamativo ver cómo en pocas semanas, varios billones de pesos salían del saldo de leliqs para convertirse en pases pasivos. 

Ahora, hay una segunda etapa en marcha: cambiar esos pases pasivos del BCRA por la suscripción de títulos de deuda del Tesoro, que masivamente (95 por ciento en la última licitación) son tomados por los bancos.

Los bancos «desarman» su posición en pases (los cobran en el Banco Central a su vencimiento, no los renuevan) y colocan ese dinero líquido en títulos de deuda del Ministerio de Economía. Se endeuda el Tesoro y se desendeuda el Banco Central con el mismo acreedor: los bancos. Pero hay un elemento más: en la licitación del 16 de febrero, el Tesoro adjudicó títulos de deuda por 4,9 billones de pesos, cuando sólo tenía vencimientos por 1,9 billones. El propio Ministerio de Economía explicó qué hizo con la diferencia.

«El financiamiento obtenido por encima de los vencimientos será utilizado para recomprar el bono soberano AL35 en cartera del BCRA por aproximadamente el 30% de la base monetaria». Es decir, tres billones de pesos, sobre una base monetaria de 10,1 billones. Este es un título de deuda del Tesoro en dólares, pero se negocia en el mercado local en pesos. Al recomprarlo, el Tesoro le paga en pesos al BCRA, que le devuelve el título cancelando así la deuda.

Es decir, el Tesoro se sobreendeuda para devolverle plata al Banco Central, le va limpiando las cuentas al BCRA (¿para una eventual dolarización?) pero va creando, a su vez, una «bomba de los bonos del Tesoro». El Tesoro (Ministerio de Economía) seguirá pagando cada vez más altos intereses a los bancos, y necesitará compensarlo con menos gasto fiscal, para que no se genere, otra vez, un déficit financiero. 

Nuevamente, el límite no es técnico sino político. ¿Hasta dónde podrá seguir profundizando el ajuste? 

Un último elemento componente de este laberinto financiero: el Bopreal. El bono compensador de la deuda privada comercial, como se lo denominó, finalmente resultó atractivo para grandes empresas. ¿Cómo? Las empresas con deudas por importaciones pueden comprar, en pesos, los dólares al valor oficial, pero recién los recibirán a la fecha de vencimiento del bono. No resultaba tan interesante hasta que se le incluyó una cláusula de PUT, así llamada porque permite el rescate anticipado del dinero invertido, al valor del dólar oficial del momento, en caso de necesidad de liquidez por parte del (banco o empresario) inversor. De este modo, se convierte en una suerte de «seguro de cambio gratuito» y no necesariamente atado a un vencimiento tan largo. 

Para la política oficial, el Bopreal es otra eficiente aspiradora para secar la plaza de pesos, en este caso los que estaban en poder de grandes empresas, y genera un endeudamiento en dólares del Banco Central en reemplazo de pasivos en pesos remunerados. Pero la cláusula PUT de rescate, según algún experto, «está generando un pasivo contingente por 14 billones de pesos que no se está computando». Es el monto que podrían reclamar los compradores del bono si ejecutaran la cláusula de rescate señalada.

La licuación de los activos en pesos, ya sean créditos salariales, depósitos bancarios, transferencias a cobrar del Estado, o acreencias en moneda local, será tan violenta como alta y prolongada sea la inflación, que ya acumula tres meses promediando el 20 por ciento. La conducción económica está generando, a su vez, una acelerada absorción de pesos para seguir reduciendo base monetaria. El sector privado se va quedando cada vez con menos pesos y una franja no menor de clase media se ve obligada a liquidar parte de sus activos en dólares para pagar gastos corrientes. 

El sistema monetario está cambiando violentamente, aunque no llegue a percibirse tan claramente. El temblor va por abajo, porque al mismo tiempo este proceso, impulsado desde el gobierno, va profundizando la recesión y puede llevar a un colapso económico. 

No es casual que Milei señale a marzo y abril como «los meses más duros» del proceso, aunque cuente la mitad de la verdad. Serán los más duros por la suma de impactos recesivos, pero no necesariamente para iniciar luego un ciclo de recuperación. La clase media y las empresas liquidando sus dólares para atender gastos corrientes es como un símbolo de ese estado terminal o punto límite: ¿qué harán cuando vean que se les acaba?

Todo dependerá de cómo se comporten políticamente los sectores que sufran esa crisis. Y cómo responda el gobierno, porque en esos meses se podría estar jugando, tambíen, el éxito o el fracaso del programa económico en marcha. 

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