sábado, 17 enero, 2026
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Supermujeres engañadas: las famosas que tienen todo salvo una pareja fiel

Son mujeres empoderadas, deseadas, bellas, exitosas, con carreras consolidadas y autonomía económica. Ocupan portadas, conducen programas, protagonizan ficciones, marcan agenda cultural y social. Son, en muchos casos, el ideal aspiracional de una época.
Sin embargo, ni la fama, ni el talento, ni la admiración masiva parecen blindarlas de una de las experiencias más universales y dolorosas: la traición amorosa. En la Argentina del show business, donde lo íntimo se vuelve público con una velocidad brutal, estas historias se multiplican y construyen un mapa incómodo de vínculos quebrados, promesas rotas y pactos reescritos. El reciente escándalo entre Griselda Siciliani y Luciano Castro no solo reactivó ese archivo emocional colectivo, sino que volvió a poner sobre la mesa una pregunta persistente: ¿por qué incluso las mujeres más codiciadas del país son engañadas?

Español dixit. El caso de Griselda Siciliani condensó todos los ingredientes de la época. La filtración de mensajes, la aparición de audios, la circulación viral de capturas, las cargadas en masa y el desfile de panelistas con supuesta información exclusiva convirtieron un conflicto íntimo en un fenómeno de consumo masivo.

Así, Luciano Castro quedó expuesto no solo por la infidelidad en sí, sino por el tono seductor, repetitivo, paródico y casi mecánico de sus mensajes, coronados por el ya célebre “buen día, guapa”, que se transformó en meme, en latiguillo humorístico y en símbolo de una masculinidad ridícula que intenta seducir en serie, con fórmulas prefabricadas. En redes sociales, miles de usuarios replicaron el saludo y los modismos españoles como “curro” y “gilipollas”, los ironizaron, los transformaron en stickers y los asociaron a la idea de un conquistador compulsivo, más atento a la gratificación inmediata que al cuidado del vínculo.

Siciliani, lejos del escándalo performático, eligió un registro transparente. Reconoció el dolor, admitió la decepción y evitó convertir su duelo en espectáculo. En contraste, Castro osciló entre el arrepentimiento público y la explicación emocional, apelando a la confusión, al desgaste, a la fragilidad. Pero el daño ya estaba hecho. No solo quebró un vínculo y una complicidad que parecían infranqueables, sino que alimentó un imaginario de desprolijidad afectiva que, en tiempos de escrutinio digital, no perdona. Y embanderadas en este sentimiento, sus ex, Sabrina Rojas y Flor Vigna, tomaron protagonismo, burlándose tanto de él como de su pareja.

Contraofensiva. Florencia Peña vivió una experiencia distinta, pero igualmente reveladora. Cuando se filtraron audios comprometedores de su pareja, Ramiro Ponce de León, la actriz decidió correr el eje del escándalo hablando de poliamor, acuerdos, libertades y pactos no convencionales. Lo que para muchos fue una infidelidad clásica, Peña lo tradujo en términos de un contrato emocional distinto, más flexible y explícito. Su postura fue leída por algunos como una forma de empoderamiento y por otros como un mecanismo de defensa frente a la humillación pública. En cualquier caso, la actriz no negó el dolor, pero sí se negó a ser colocada en el rol de víctima tradicional. Eligió resignificar el conflicto desde una lógica propia, aun sabiendo que ese gesto no sería comprendido por todos.

Yanina Latorre, en cambio, atravesó uno de los escándalos más crudos y mediatizados de la última década. La infidelidad de Diego Latorre con Natacha Jaitt fue pública, explícita y descarnada. Hubo mensajes, audios, testimonios y una cobertura constante. Yanina quedó expuesta no solo como esposa engañada, sino como mujer humillada en cadena nacional. Con el tiempo, ella misma reconstruyó el relato, dejó de señalar a la tercera en discordia y puso el foco en la responsabilidad de su marido. Eligió perdonar, priorizar la familia, sostener el proyecto común. No lo hizo desde la negación, sino desde una decisión racional, casi política. Seguir adelante, incluso con la herida abierta.

Carolina Ardohain, símbolo de belleza y elegancia, tampoco estuvo exenta de este patrón. Su relación con Roberto García Moritán se desmoronó bajo versiones de engaños, desprolijidades y situaciones que rozaron la crueldad emocional. Se habló de amantes, de encuentros clandestinos, de traiciones en espacios compartidos. La modelo, que ya había atravesado una de las separaciones más mediáticas de la historia reciente con Benjamín Vicuña y la historia de la palta en el motorhome de la China Suárez en plena filmación de la película “El hilo rojo”, volvió a quedar atrapada en una narrativa que parece perseguirla: la de la mujer perfecta a la que siempre le rompen el corazón. Su reacción fue más silenciosa, más introspectiva y más distante del show. Claro, tenía experiencia en lidiar con parejas inquietas e infieles.

Ascenso y resignificación. Jimena Barón y Daniel Osvaldo representan otra variante. La relación volcánica, intensa, pasional, atravesada por celos, reproches y versiones de infidelidad. Barón transformó el dolor en narrativa artística, en monólogos, en humor filoso y en canciones como “Tonta” y “La cobra”. No se escondió: expuso, ironizó, elaboró. Su historia muestra que la traición no siempre se procesa en silencio; a veces se convierte en materia prima creativa. Ella ascendió a niveles de popularidad masiva impensados, mientras Osvaldo y su amante Militta Bora se perdieron en el olvido. En el mundo Shakira hizó lo propio y su gira » Las mujeres ya no lloran» fue un éxito.

Más allá de sus perfiles distintos, en estos hombres aparece un patrón común, la dificultad de sostener el compromiso, la búsqueda constante de validación externa, seducción serial, impulsividad emocional y una marcada incapacidad para medir consecuencias. No se trata solo de deseo sexual, sino de una necesidad de confirmación permanente, de sentirse deseados, admirados, necesarios. En muchos casos, estas conductas conviven con parejas exitosas, visibles, exigentes, que no encajan en el modelo tradicional de dependencia emocional.

Ahora bien, ¿por qué algunas de estas mujeres perdonan’ Porque el amor no siempre responde a la lógica de la dignidad pública. Hijos, proyectos, historias compartidas y economías afectivas difíciles de romper son algunos de los motivos. Y porque el perdón también puede ser una forma de poder, elegir, decidir, resignificar.

Como una postal de época líquida, voraz, serial y vacía, estas historias no hablan solo de infidelidad, sino también de cómo se construyen hoy los vínculos, de cómo se negocian los límites y de cómo se expone el dolor en tiempos de viralización.

Las mujeres más deseadas del país también lloran, dudan, se equivocan, perdonan o se van. La diferencia es que, en sus casos, el espectador humano las juzga con el pochoclo en mano.

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