La desidia municipal ha alcanzado un punto crítico. Lo que debería ser una vía de comunicación vital para el desarrollo productivo y social, hoy se asemeja más a un campo de batalla minado. El acceso a la localidad de Gran Guardia, a través de la Ruta Provincial 16, presenta un estado de deterioro que ha superado cualquier límite de seguridad vial tolerable, generando una ola de indignación entre los vecinos que deben arriesgar sus vehículos y sus vidas cada vez que intentan entrar o salir del pueblo.
La «Curva de Gómez»: El epicentro del peligro
El foco del conflicto se sitúa con precisión matemática a unos 1000 metros de la intersección con la Ruta Nacional 81. En ese punto, los lugareños conocen bien la peligrosidad de la denominada «curva de Gómez», un sector donde el pavimento ha dejado de existir para dar paso a una sucesión de baches que, por su profundidad y extensión, han sido calificados por los transportistas como auténticos precipicios sobre el asfalto.
Hace meses que los propios usuarios vienen advirtiendo sobre el avance de estas roturas. Sin embargo, lo que antes era un bache que se podía esquivar, hoy se ha transformado en «verdaderos cráteres enormes que diariamente se agrandan ante la inercia comunal». La falta de una intervención mínima ha permitido que las lluvias y el tránsito pesado terminen por demoler la estructura asfáltica, dejando expuesta la desprotección del ciudadano de a pie.
Inacción y contraste de gestiones: El dedo apunta a Lázaro Caballero
La memoria colectiva de Gran Guardia sirve hoy como un duro juez para la administración actual. Los residentes recuerdan que el mantenimiento no siempre fue una utopía. Durante la gestión del ex jefe comunal, Sergio «Chino» de Madariaga, se implementaron operativos con recursos humanos y logísticos de la propia Comisión de Fomento local para sanear estos mismos tramos, garantizando que el parque automotor municipal estuviera al servicio del bienestar público.
Hoy, la realidad es diametralmente opuesta. Los vecinos denuncian una «inercia absoluta de Lázaro Caballero y su grupo de tareas». La crítica no es solo por la falta de asfalto nuevo, sino por la negativa a utilizar las herramientas que el municipio ya posee. Según los denunciantes, «con la motoniveladora y demás máquinas viales, ante la ausencia del personal de vialidad provincial, ya podrían por lo menos poner en condiciones de transitabilidad con un perfilado y relleno de tierra seleccionada de la zona hasta que vía licitación pública se repavimente el sector». Esta falta de voluntad política para realizar un mantenimiento paliativo es lo que más irrita a la comunidad.
La amenaza del aislamiento total
No se trata solo de neumáticos rotos o amortiguadores destruidos; el problema escala a una crisis de conectividad regional. Las empresas de transporte de pasajeros, que son el único nexo para aquellos que no poseen vehículo propio, están al límite de su paciencia.
«Esta problemática de la ruta será motivo de aislamiento nuevamente del pueblo porque los colectivos de larga distancia que llegan 3 veces por semana, tienen un argumento muy válido para no querer poner en riesgos mecánicos y de pasajeros a las unidades», explican referentes del sector transporte. Si los colectivos dejan de ingresar, Gran Guardia quedará sumida en un aislamiento que afectará a estudiantes, trabajadores y pacientes que deben trasladarse a centros de mayor complejidad.
Un municipio sobredimensionado y una gestión de «vista gorda»
Uno de los puntos más polémicos de la denuncia vecinal radica en la desproporción entre la planta de empleados municipales y los resultados visibles en las calles. Resulta incomprensible para los habitantes que, con una estructura administrativa tan robusta, no se pueda destinar una cuadrilla al arreglo de la ruta principal.
El texto de la queja vecinal es contundente al señalar que el presidente de la Comisión de Fomento «observa el problema como cobra volumen… pero hace la vista gorda y eso que tiene mas de 200 personales para un pueblo que ya ni llega a los 2.000 habitantes». Mientras el mandatario transita la ruta en sus ingresos al pueblo, los cráteres siguen allí, desafiando la lógica de una gestión que parece haber desconectado de las necesidades básicas de su gente.
La comunidad permanece en estado de alerta, esperando que esta visibilización pública fuerce a Lázaro Caballero y su equipo a sacar las máquinas a la calle antes de que la «curva de Gómez» se cobre una tragedia irreversible o el pueblo quede definitivamente cortado del mapa provincial.
