domingo, 8 febrero, 2026
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EL FORASTERO INGRATO: Paoltroni, el comunismo imaginario y los héroes de la evasión (Por Lic. Faustino C. Duarte)

En el diccionario español,la palabra forastero define a qien viene de fueera, que no vive habitualmente en el lugar en cuestion o que no ha nacido en el. y lo de ingrato resulta mas que obvio, basta con ver las acciones que reflejan sus persistencia contraria a la provincia misma.
No deja de resultar inquietante que en la Argentina del siglo XXI un senador nacional pueda emplear la palabra «comunista» con la ligereza de quien arroja un insulto en una sobremesa de estancia, sin que nadie le exija siquiera una definición elemental del término.
Francisco Paoltroni, representante de Formosa en el Senado por La Libertad Avanza (aunque ese espacio lo expulsó), ha hecho de ese calificativo una muletilla: lo repitió en Radio Realpolitik en abril de 2024, lo espetó contra Milei en diciembre de ese mismo año, lo volvió a esgrimir contra la reforma constitucional formoseña en septiembre de 2025, y lo desliza cada vez que un micrófono se enciende frente a él. «Formosa es una provincia comunista», dice. «Insfrán es el comunista argentino», repite. Conviene, entonces, tomarse en serio lo que Paoltroni se niega a tomarse en serio: las palabras. Y conviene, también, decir lo que los medios porteños rara vez dicen: que gobernar Formosa no es gobernar la Ciudad de Buenos Aires, y que Gildo Insfrán ha hecho en esa provincia mucho más de lo que sus detractores están dispuestos a reconocer.

I. Lo que Paoltroni dice y con qué lo sostiene

Pongamos en orden el argumento del senador para ver si se tiene en pie. Su afirmación central es clara: el gobierno de Formosa es comunista. ¿En qué se apoya? En tres hechos: que el Estado provincial es dueño de la mayor parte de las tierras, que no se otorgan títulos de propiedad a los ciudadanos, y que los funcionarios deciden a dedo sobre el mercado. La conexión que traza entre esos datos y su conclusión es simple: si el Estado concentra la propiedad, entonces estamos ante un régimen comunista.
Hasta aquí, el razonamiento tiene apariencia de solidez. Pero sometido al menor escrutinio, se desmorona. Y no solo por ignorancia teórica, sino porque oculta deliberadamente aquello que el Estado formoseño hizo con esa presencia que tanto lo escandaliza.

II. Lo que el comunismo efectivamente es

El comunismo no es un insulto ni un comodín retórico: es una teoría política y económica con más de ciento setenta años de historia. Nació con el Manifiesto que Marx y Engels publicaron en 1848, se desarrolló con las elaboraciones de Lenin sobre el papel del Estado, se enriqueció con los aportes de Gramsci sobre cómo el poder se sostiene también a través de la cultura, y se materializó en experiencias históricas concretas a lo largo del siglo XX. En pocas palabras, el comunismo propone terminar con la propiedad privada de los medios de producción —las fábricas, los campos, las empresas—, socializar la economía para que sea gestionada colectivamente, eliminar la división en clases sociales y, en su horizonte más ambicioso, hacer que el propio Estado deje de ser necesario.
Formosa no es ni se aproxima a nada de eso. Lo que Formosa tiene es un Estado presente, interventor y protector en una provincia que la historia argentina condenó al olvido durante más de un siglo. Y eso, para quienes vienen de la tradición liberal portuaria, es imperdonable: no porque sea comunismo, sino porque demuestra que el Estado puede cumplir un rol que el mercado jamás quiso cumplir en el norte argentino.

III. Lo que Insfrán construyó donde otros no pusieron un pie

Hay algo que los opinólogos de Buenos Aires nunca mencionan cuando hablan de Formosa: el punto de partida. Cuando Gildo Insfrán asumió la gobernación en 1995, Formosa era una de las provincias más postergadas del país, con indicadores sociales que la asemejaban más al Chaco paraguayo que al resto de la Argentina. No fue el peronismo formoseño el que creó esa postergación: la heredó de un siglo de abandono por parte de un modelo de país que miró siempre hacia el puerto y le dio la espalda al interior profundo.
En ese contexto, la gestión de Insfrán desplegó una política de presencia estatal que transformó la infraestructura de la provincia. Se construyeron rutas que conectaron localidades que durante décadas quedaban aisladas con cada crecida del río. Se levantaron hospitales y centros de salud en parajes donde antes la atención médica más cercana quedaba a cientos de kilómetros. Se extendió la red eléctrica y el acceso al agua potable a comunidades rurales y a pueblos originarios que el Estado nacional nunca había mirado. Se sostuvo un sistema educativo que, con todas las limitaciones propias de una provincia pobre, garantizó escolaridad en zonas donde antes no había ni un aula.
¿Es un modelo perfecto? No. ¿Tiene zonas oscuras, deudas pendientes, aspectos que merecen crítica seria? Sin duda. Pero llamar «comunismo» a un Estado que pavimentó caminos, puso médicos en el monte y sostuvo escuelas rurales no es hacer oposición: es faltar el respeto a la gente que se benefició con esas políticas. Y es, sobre todo, desconocer que esa presencia estatal no nació del capricho de un gobernante sino de una necesidad histórica que ningún privado jamás se ofreció a cubrir. Paoltroni, que llegó de Buenos Aires a hacer negocios ganaderos, debería saberlo mejor que nadie: si pudo prosperar en Formosa fue, entre otras cosas, porque había rutas por donde sacar su hacienda, porque había un orden institucional que le permitió operar, y porque existía una estructura estatal que sostenía el territorio donde él acumuló su fortuna.

IV. La propiedad de la tierra: lo que Paoltroni no quiere entender

Uno de los caballitos de batalla del senador es la cuestión de las tierras fiscales. «El ochenta por ciento de los formoseños no tiene propiedad privada», dice con tono escandalizado. Lo que omite —o ignora— es la historia detrás de esa realidad. Formosa es una provincia joven, creada como tal recién en 1955, cuyo territorio fue durante décadas tierra fiscal nacional. La titularización masiva de tierras en una provincia con enorme extensión territorial, población dispersa, comunidades originarias con derechos ancestrales y una historia catastral precaria no se resuelve con un decreto ni con una frase en televisión. Es un proceso complejo que involucra mensuras, reconocimiento de posesiones históricas, derechos indígenas consagrados constitucionalmente y planificación territorial.
El gobierno de Insfrán ha llevado adelante programas de regularización dominial y de entrega de viviendas que, si bien no agotan la demanda —inmensa en una provincia con las características de Formosa—, representan un avance concreto respecto de décadas anteriores en las que nadie hacía absolutamente nada. Que un productor ganadero bonaerense que llegó a la provincia hace menos de veinte años pretenda dar lecciones sobre la tierra formoseña a quienes la habitan desde generaciones revela, más que audacia política, una arrogancia que solo se explica por el profundo desconocimiento de la historia regional.

V. El que refuta a Paoltroni es el propio Paoltroni

Y aquí el asunto se pone verdaderamente demoledor, porque quien mejor desmiente la tesis de Paoltroni no es ningún adversario político: es su propia historia de vida. Paoltroni se instaló en Formosa en 2008. Fundó al menos cuatro empresas agropecuarias: Los Angelitos SRL, Ganaderos de Formosa SRL, CSI SRL y El Divisadero SRL. Durante ocho años consecutivos fue el vendedor número uno entre 66 representantes a nivel nacional en una consignataria de hacienda. Cofundó Agroindustria de Formosa SRL para fabricar pellets y aceite en Ibarreta.
La pregunta se formula sola: ¿en qué régimen comunista un empresario privado funda cinco empresas, lidera ventas nacionales, acumula campos propios y alquilados, y construye un patrimonio ganadero que lo catapulta hasta una banca en el Senado? Ni en la Cuba de Fidel, ni en la Unión Soviética de Brezhnev, ni en la China de Mao hubiera sido remotamente posible la trayectoria empresarial de Paoltroni. Si Formosa fuera efectivamente comunista, Paoltroni no sería senador: sería, en el mejor de los casos, un burócrata del comité de planificación estatal, y en el peor, un exiliado. El hecho puro y duro de su prosperidad económica en la misma provincia que denuncia como comunista es la refutación viviente de su propio argumento. Y más todavía: es la prueba involuntaria de que el Estado formoseño, lejos de asfixiar la actividad privada, generó las condiciones para que empresarios como él pudieran prosperar.

VI. El héroe mileísta y las operaciones opacas

Pero la contradicción no termina ahí. Se profundiza cuando ubicamos a Paoltroni en el paisaje ideológico que lo cobija. Javier Milei ha elevado al empresario a la categoría de héroe de la civilización. No al empresario que cumple con sus obligaciones fiscales y aporta al bien común, sino específicamente al que evade: «los empresarios que evaden impuestos son héroes», ha dicho el Presidente con esa vocación por la provocación que confunde con valentía intelectual. En esa visión del mundo, el evasor no le roba al Estado: lo «resiste». No sustrae recursos de hospitales, escuelas y caminos: los «libera» del yugo estatal.
Paoltroni encaja en ese perfil con precisión milimétrica. No se le imputan delitos de evasión, es cierto, y la honestidad intelectual obliga a señalarlo. Pero su trayectoria en el rubro ganadero formoseño —un sector donde las operaciones de compra y venta de hacienda históricamente han presentado zonas grises en materia de trazabilidad, documentación de origen y registros fiscales— invita a una reflexión que el propio senador debería abrazar si realmente creyera en la transparencia que predica. La consignación de hacienda en el norte argentino no es precisamente un sector donde la informalidad sea una anomalía: es, como saben quienes conocen la región, una condición de todos los días. Que el mayor vendedor de ganado de una provincia que él mismo describe como carente de mercado formal no despierte preguntas sobre cómo funcionaba ese mercado presuntamente inexistente constituye, como mínimo, un silencio elocuente.
Hay una ironía que merece subrayarse: Paoltroni hizo su fortuna en la Formosa de Insfrán. Las rutas por las que transportó su ganado las construyó el Estado provincial. El orden institucional bajo el cual registró sus empresas lo sostuvo el gobierno que ahora llama comunista. La infraestructura que permitió que Ibarreta tuviera una planta de pellets no cayó del cielo ni la puso el mercado. La puso el Estado. Ese mismo Estado que Paoltroni denigra todas las noches en la televisión porteña.

VII. El ajuste como contexto: destruir para después acusar

Hay una dimensión adicional que no puede omitirse. Paoltroni denuncia la pobreza formoseña mientras integra el espacio político que ejecuta el ajuste fiscal más brutal sobre las provincias del norte argentino en décadas. Los recortes de transferencias, la licuación de partidas para obra pública, la caída del poder adquisitivo de los empleados públicos provinciales y el desmantelamiento de programas sociales golpean con particular virulencia a las economías regionales más dependientes del gasto federal. Es decir: el propio bloque de Paoltroni agrava las condiciones materiales que él luego atribuye al «comunismo» provincial.
Mientras Milei recorta, Insfrán sostiene. Mientras el gobierno nacional retira al Estado de sus funciones básicas en nombre de la libertad, el gobierno formoseño intenta —con recursos cada vez más escasos— mantener en pie una estructura de servicios públicos que es, para cientos de miles de formoseños, la única red entre la subsistencia y el desamparo. Eso no es comunismo: es responsabilidad de gobierno. Es hacer lo que un Estado debe hacer cuando el mercado no llega, no quiere llegar o nunca le interesó llegar.
Esta operación discursiva tiene un nombre viejo en la política: profecía autocumplida. Se recortan los recursos, se deterioran los servicios, se empobrece a la población, y luego se señala esa pobreza como prueba de un modelo fracasado. Es el método del bombero pirómano elevado a política de Estado.

VIII. Las palabras no son inocentes

Cuando un senador nacional usa «comunismo» como sinónimo de «todo lo que me disgusta del gobierno provincial», no está haciendo análisis político: está haciendo ruido. Y el ruido cumple una función precisa: impedir que se piense. Impedir que se pregunte por qué un empresario ganadero que prosperó bajo el régimen que denuncia necesita inventarle un nombre que no le corresponde. Impedir que se reconozca lo que el Estado formoseño construyó en condiciones de adversidad histórica. Impedir que se examine la relación entre el ajuste nacional y la miseria regional. Impedir que se observe la ironía de que quien grita «comunista» pertenece al espacio político que celebra la evasión fiscal como gesta heroica.
El peronismo, con todas sus tensiones internas y sus contradicciones históricas, siempre supo algo que el liberalismo de manual ignora o finge ignorar: que las palabras tienen peso, que nombrar mal las cosas es agregar desgracia al mundo —como enseñaba Camus—, y que la justicia social no es una frase bonita para los actos partidarios sino una obligación concreta del Estado con su pueblo. Gildo Insfrán gobierna una provincia difícil, postergada, olvidada por el país central. Lo hace con aciertos y con errores, como todo gobernante. Pero lo hace. Está ahí. No llegó de Buenos Aires a hacer negocios y después se escandalizó del lugar donde los hizo.
Formosa tiene problemas reales y graves que merecen diagnósticos serios, debates honestos y soluciones de fondo. Llamarlos «comunismo» no los resuelve: los oscurece, los abarata y, sobre todo, los pone al servicio de quien no busca solucionarlos sino sacarles rédito en un estudio de televisión.
Paoltroni debería, quizás, antes de volver a pronunciar la palabra «comunismo» frente a una cámara, sentarse a leer aunque sea las primeras veinte páginas del Manifiesto. No para convertirse en marxista, sino para dejar de hacer el ridículo. Aunque, claro, eso supondría un7 interés por la verdad que hasta ahora no ha demostrado.

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