En los últimos días se ha presentado un proyecto de ley que propone prorratear el consumo eléctrico de los meses de mayor demanda —principalmente el verano— para que las familias formoseñas puedan distribuir ese gasto a lo largo del año. La iniciativa, impulsada por la diputada Agostina Vilaggi, tiene un objetivo claro: aliviar el impacto de las facturas en los meses donde el calor obliga a consumir más energía.
Y es importante decirlo con honestidad: toda medida que busque aliviar la carga de las familias merece ser considerada. Nadie puede negar que en nuestra provincia el verano no es una estación más, sino una condición que exige un consumo eléctrico elevado, muchas veces inevitable. En ese contexto, ofrecer una herramienta que permita evitar facturas desproporcionadas puede ser útil, sobre todo para jubilados, trabajadores y sectores vulnerables.
Sin embargo, también es necesario decir una verdad incómoda pero fundamental: prorratear no es bajar.
Este proyecto no reduce el costo de la energía, no modifica la estructura de la tarifa, ni elimina impuestos o cargos que encarecen la factura. Lo que hace es cambiar la forma en que se paga. Es, en esencia, un mecanismo de financiamiento sin intereses: lo que hoy resulta impagable en un solo mes, se distribuye en varios.
Pero el problema de fondo sigue intacto.
Porque la pregunta que debemos hacernos no es solamente cómo pagar la luz, sino por qué es tan cara. Y ahí es donde el debate debe elevarse.
La factura eléctrica no es un número arbitrario. Está compuesta por distintos elementos: el costo de generación (definido a nivel nacional), el transporte, el valor agregado de distribución (definido por la provincia) y los impuestos. En muchos casos, más de la mitad de lo que paga un usuario no corresponde al costo de la energía en sí, sino a estos componentes.
Entonces, si no revisamos esa estructura, si no discutimos la eficiencia del sistema, si no transparentamos cada componente de la factura, cualquier medida será apenas un paliativo.
Además, debemos advertir un riesgo que no puede ser ignorado: el prorrateo puede convertirse en una trampa silenciosa si no se administra con responsabilidad. Una familia podría terminar pagando simultáneamente el consumo actual más las cuotas de consumos anteriores. Es decir, facturas más pequeñas, pero constantes durante todo el año. Y eso, lejos de aliviar, puede generar una carga permanente.
Por eso, el desafío es mayor.
Necesitamos discutir una política energética integral para regiones como la nuestra, donde el clima no es un dato menor. No es razonable que se mida con la misma vara a quienes viven en zonas templadas que a quienes enfrentan temperaturas extremas durante meses. La energía, en lugares como Formosa, no es un lujo: es una necesidad básica.
También debemos avanzar en soluciones de fondo: promover la eficiencia energética, facilitar el acceso a tecnologías como la energía solar, mejorar la infraestructura y, sobre todo, garantizar transparencia en cada factura que llega a los hogares.
El prorrateo puede ser una herramienta útil. Pero no puede ser el eje de la discusión.
Porque la gente no necesita pagar en cuotas.
La gente necesita pagar menos.
Y esa es la verdadera conversación que debemos animarnos a dar.
Mario Egidio Portillo
