Una multitud de fieles participó este domingo en la celebración litúrgica presidida por el obispo José Vicente Conejero Gallego, quien centró su homilía en la misericordia divina y la importancia de la Eucaristía.
Con una importante concurrencia de fieles, la Iglesia Catedral de Formosa fue sede este domingo 12 de abril de 2026 de una de las celebraciones significativas del calendario litúrgico: el Domingo de la Divina Misericordia. La misa de las 8:00 hs., presidida por Monseñor José Vicente Conejero Gallego, fue un acto de culto que incluyó una reflexión sobre la identidad cristiana.
En su homilía, el obispo puso énfasis en que la omnipotencia de Dios se manifiesta en el perdón. Citando el Salmo 117, invitó a la asamblea a reconocer la bondad del Creador. «Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia», afirmó el prelado, estableciendo el tono de una ceremonia centrada en la esperanza.
Recordó los orígenes de esta devoción y mencionó la labor teológica de San Juan Pablo II, quien dedicó una de sus primeras encíclicas a la misericordia divina.
Al analizar la lectura sobre la vida de los primeros cristianos, Monseñor Conejero Gallego señaló que aquel «resumen» de la Iglesia naciente debe servir como referencia para las comunidades actuales. «Se reunían con alegría para escuchar las enseñanzas de los apóstoles y para la fracción del pan, que es una manera de denominar la Santa Misa, la Eucaristía. Nosotros, hermanos, sin la Eucaristía no podemos vivir», expresó, resaltando la importancia de la comunión.
Hizo especial hincapié en que una verdadera fe debe traducirse en la práctica de la caridad y la solidaridad, poniendo en común los bienes conforme a la necesidad de cada uno. Esta unidad, según el obispo, es un antídoto contra el individualismo.
El relato evangélico de la duda del apóstol Tomás ocupó un lugar central en la reflexión. El obispo describió cómo la incredulidad humana se rinde ante la evidencia del amor crucificado, destacando la profesión de fe «Señor mío y Dios mío».
Hacia el final de la celebración, abordó la realidad de la vejez, la enfermedad y la finitud de la vida terrenal. Diferenció la vida biológica, que es transitoria, de la vida eterna que ofrece la fe en la resurrección, llevando un mensaje de consuelo ante las dificultades cotidianas.
Finalmente, instó a los presentes a ser agradecidos y permanecer en el amor, reconociendo que la presencia de Dios se manifiesta con mayor poder en la debilidad humana que se abre a la gracia.
Colaboración Especial: Esta nota ha sido realizada en base al programa radial «La Voz del Santuario Nuestra Señora del Carmen», perteneciente a la pastoral de la Comunicación de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen –Iglesia Catedral– de Formosa.
