domingo, 11 enero, 2026
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El Fin de la Soberanía de Papel: Por qué el Derecho Internacional debe Priorizar al Individuo sobre el Dictador

En un mundo globalizado, donde las fronteras parecen desdibujarse para el comercio pero se fortalecen para proteger a regímenes autoritarios, surge una voz técnica y crítica. El Dr. Felipe Hasson, abogado brasileño, especialista en Derecho Internacional, Ph.D. y experto en resolución de disputas, ha roto el silencio académico para ofrecer una perspectiva cruda y necesaria sobre la crisis en Venezuela. No solo analiza la coyuntura política, sino que propone una reestructuración ética del derecho internacional contemporáneo.

Para Hasson, la pasividad de la comunidad internacional bajo el pretexto de la «autodeterminación de los pueblos» no es neutralidad, sino una forma de complicidad técnica que ignora la realidad de millones de seres humanos.


La hipocresía del orden jurídico internacional

El Dr. Hasson comienza desmantelando lo que llama una «perversión intelectual» en el uso de los tratados internacionales. Según su visión, el lenguaje del derecho ha sido secuestrado por aquellos que prefieren la estabilidad de las instituciones tiránicas por encima de la vida de las personas.

«Mi opinión es que el debate sobre Venezuela ha sido secuestrado por una lectura selectiva —y profundamente hipócrita— del derecho internacional. Se invoca la ‘soberanía’, la ‘no intervención’ y el ‘orden jurídico internacional’ como si estos conceptos existieran para proteger a los gobiernos, y no a las personas. Como si la soberanía estatal fuera un escudo moral absoluto, capaz de justificar el hambre, la persecución, la tortura, el exilio masivo y la supresión completa de la voluntad popular. No lo es.»

Este planteamiento sugiere que el derecho internacional ha pasado de ser una herramienta de liberación a un refugio para la impunidad, donde el término «soberanía» se utiliza como una barrera impenetrable para ocultar crímenes de lesa humanidad.

La soberanía como un contrato condicionado

Uno de los puntos más detallados de su análisis es la desmitificación de la soberanía estatal. Hasson argumenta que un Estado solo es soberano mientras cumple con su función básica: proteger y proveer a su población. Cuando el Estado se convierte en el agresor, pierde automáticamente sus prerrogativas legales.

«La soberanía no es un fin en sí misma; nunca lo fue. Es un instrumento funcional, condicionado al cumplimiento mínimo de los deberes del Estado para con su población. Cuando un régimen transforma a su propio pueblo en rehén —empobrece deliberadamente a la sociedad, destruye instituciones, persigue opositores, defrauda elecciones y elimina cualquier posibilidad real de alternancia de poder—, ese régimen pierde la legitimidad que da sentido a la soberanía que alega defender.»

Derechos Humanos: Normas imperativas, no sugerencias

Frente a quienes argumentan que la intervención externa es una imposición de valores ajenos, el Dr. Hasson es tajante: el derecho a la dignidad humana es universal y no admite interpretaciones culturales o geográficas cuando se trata de abusos sistemáticos.

«El derecho a la vida, a la dignidad humana y a la autodeterminación de los pueblos no son ‘valores occidentales’ opcionales ni retórica política. Son normas centrales del orden jurídico internacional contemporáneo. Un gobierno que viola sistemáticamente estos derechos no puede exigir que el mundo cierre los ojos en nombre de una abstracción jurídica conveniente.»

La realidad venezolana: Más allá de la ideología

El jurista enfatiza que reducir la situación venezolana a una pelea entre «izquierda y derecha» es un error que invisibiliza el dolor humano. Define la situación como una tragedia fáctica donde los canales democráticos han sido desmantelados por completo, dejando al pueblo sin herramientas de defensa propia.

«Venezuela no es un caso de ‘divergencia ideológica’; es una tragedia humanitaria. Millones de personas se han visto obligadas a dejar el país. Las que se quedaron conviven con la escasez, la represión y el miedo. No hay elecciones libres. No hay prensa independiente. No hay un Poder Judicial autónomo. No hay canales internos efectivos para que el pueblo se libere por su propia cuenta. Defender que ese pueblo ‘resuelva solo’ su situación es, en la práctica, defender la perpetuación del sufrimiento.»

La legitimidad de la intervención externa

En el punto más polémico de su declaración, Hasson aborda la ayuda externa, incluida la posibilidad militar. Para él, la comunidad internacional tiene la obligación moral de intervenir cuando los crímenes se cometen detrás de fronteras cerradas.

«Por eso, la ayuda externa —incluida la militar, cuando sea necesaria para proteger vidas y no regímenes— no es una violación moral del derecho internacional. Es la afirmación de su núcleo ético. La comunidad internacional existe precisamente para evitar que se cometan atrocidades detrás de fronteras convenientemente cerradas.»

El contraste entre la opinión externa y la desesperación interna

Hasson critica duramente a los académicos y políticos que, desde la comodidad de democracias funcionales, condenan la intervención extranjera en nombre de principios teóricos, ignorando el clamor de quienes sufren la tiranía en carne propia.

«La reacción de muchos venezolanos deja esto claro. Mientras comentaristas extranjeros, cómodamente distantes, condenan las intervenciones en nombre de una soberanía abstracta, quienes viven la desesperación real celebran. Celebran porque ven una oportunidad concreta de liberación. Celebran porque saben que el ‘respeto a la soberanía’ fue, durante años, la excusa perfecta para la inercia internacional.»

El espejo de la historia: De 1940 a la actualidad

Para dar peso a su argumento, el especialista recurre a la historia, señalando que la neutralidad frente al mal nunca ha sido bien juzgada por el tiempo. La omisión, en contextos de exterminio o persecución masiva, es equivalente a la complicidad.

«El paralelo histórico es inevitable. Si en la Europa de los años 1940 las potencias hubieran decidido no liberar los campos de concentración para respetar la soberanía alemana, hoy esa omisión sería recordada como complicidad. Ningún orden jurídico serio puede exigir neutralidad ante crímenes masivos contra la propia población.»

La falacia del argumento económico

Finalmente, Hasson responde al argumento recurrente de que las intervenciones están motivadas únicamente por el petróleo o intereses económicos. Si bien reconoce que los intereses existen, afirma que esto no resta valor moral a la liberación de un pueblo oprimido.

«Otro argumento recurrente —e intelectualmente perezoso— es el de que la intervención no sería ‘humanitaria’, sino movida por intereses económicos. Aunque existan intereses estratégicos o económicos —como casi siempre han existido en cualquier acción relevante en la política internacional—, eso no invalida, ni de lejos, la legitimidad moral del resultado cuando este atiende a una demanda real y explícita del propio pueblo oprimido.»

«Cuando un gobierno ataca sistemáticamente a su propio pueblo, él mismo elimina cualquier autoridad moral para cuestionar los motivos de quien interviene para poner fin a ese sufrimiento. En este escenario, incluso una acción impulsada por intereses no exclusivamente humanitarios se vuelve necesaria, legítima y moralmente correcta, porque la alternativa concreta sería la continuidad de la opresión.»

Una advertencia contra el cinismo selectivo

El análisis del Dr. Felipe Hasson concluye con un fuerte llamado a la empatía y a la honestidad intelectual. Aquellos que utilizan el derecho para defender dictaduras no están defendiendo la ley, sino su propia comodidad ideológica.

«Por lo tanto, la fundamentación de aquellos que colocan la ideología por encima de todo —y que después rebuscan en el derecho internacional frases, conceptos y principios que sirvan a la respuesta que ya decidieron dar— es, como mínimo, lamentable. No es una defensa seria de la legalidad internacional, sino un ejercicio de cinismo selectivo, hecho a la distancia y sin ninguna empatía por quien vive el colapso en carne propia. Cuando la ideología viene antes del ser humano y la soberanía es invocada para justificar la miseria, el derecho deja de ser instrumento de justicia y pasa a ser apenas retórica vacía al servicio de la indiferencia.»

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