martes, 20 enero, 2026
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Leonardo Sbaraglia da cátedra en el Cervantes, con un unipersonal sobre las benditas cosas del querer… y del querer volver a tener

Una silla, dos pantallas, un actor descalzo, un juego de luces con peso narrativo, un monólogo sobre el amor, el desamor y el tedio, un texto que golpea -siempre por encima de la cintura- y abriga al mismo tiempo y una sala de pie. Una ovación que cierra una masterclass de Leonardo Sbaraglia. Con una trayectoria de casi 40 años, su trabajo en solitario al frente de Los días perfectos, en el Teatro Cervantes, tiene aroma a consagración, más allá de su consagración ganada en el tiempo. Como si revalidara un título sin proponérselo, sin que nadie se lo pidiera.

No se trata sólo de su talento para la actuación lo que desgrana en escena, sino de su conmovedora capacidad para llevar de la mano al público por un laberinto emocional que recorre el alma zarandeada de un hombre que amó. Que ama. Que extraña la felicidad de la vida de a dos.

Dirigido por Daniel Veronese, Sbaraglia interpreta a un periodista que le escribe una carta a su esposa desde un hotel de los Estados Unidos. No tiene papel, ni lapicera, ni tablet, ni siquiera máquina de escribir. Tiene necesidad, claridad y confusión. Y nostalgia. Y frustración. Y mientras el actor se entrega -con el alma y la camisa abiertas-, el personaje no, no al menos en los términos de rendición.

Basada en la novela epistolar del escritor Jacobo Bergareche (nacido en Londres, nacionalizado español), la obra cuenta cómo impacta en un hombre haber descubierto las cartas íntimas que el escritor William Faulkner le dedicó a su amante. No es lo que él fue a buscar en su viaje de trabajo, pero el destino le puso esas palabras en sus manos y el hallazgo se convirtió en motor de sus confesiones. Ésas que le escribe a Paula -a quien nunca vemos, como tampoco lo vemos escribir, pero Sbaraglia logra que veamos todo, incluida la escena en la que todas las noches le hace cosquillas a su hija– y que seguramente encuentra eco en la vida matrimonial de muchos de los que tiene enfrente.

Sutil e implacable es la puesta que tiene a Sbaraglia en la soledad del escenario. Foto: Prensa / Mauricio Caceres

Algunos pasajes provocan sonrisa, identificación, incomodidad, reflexión y hasta lágrimas. Hay mucho de lo que él recuerda de aquellos tiempos de pareja feliz, libre, militante de los rituales del disfrute que se puede transformar en espejo del que está sentado en esa sala emblemática que consiguió poner en escena la pieza que tuvo un paso arrasado por España.

El texto en el que va relatando esa carta, por momentos desgarradora, siempre verdadera, honda y con jugosos pedacitos de romanticismo,está pensado para 70 minutos de acción. Una hora y pico sin que se cuele ni un pedacito de descanso emocional.

Una función diferente

Pero el teatro no siempre es lo que uno imagina, más allá de cábalas y previsiones. El teatro, como él mismo dijo este domingo a mitad de obra, “está vivo”. Y no lo dijo en cualquier momento, ni amparado en su personaje. Lo dijo luego de que en la sala sonara el grito repetido y desesperado de “médico, médico por favor”. Hubo confusión y mucho miedo. Arriba y abajo.

Luis, el personaje de Sbaraglia, le habla a Paula, figura imaginaria que deambula por la sala. No la vemos, la percibimos. Foto: Prensa / Mauricio Cáceres

Mientras en la platea intentaban reanimar a una mujer que se había desmayado -una médica sentada una filas adelante fue de inmediato a practicarle las primeras maniobras hasta hacerla reaccionar-, en el escenario había un hombre que ya no era el de las cartas. Era un hombre descalzo aterrizado de un sopapo en la realidad. De los Estados Unidos a Libertad y Córdoba, en el centro de Buenos Aires. Con miedo, pidiendo calma y dando espacio.

Fue tal vez el primero en celebrar cuando alguien del entorno de la mujer le levantó el pulgar en señal de ‘está bien’. Ella, despacito, llegó al pasillo caminando, el personal del teatro ya había implementado el operativo: ambulancia en marcha y una silla de ruedas en punta de fila para llevarla al hall.

Aplauso genuino al verla bien y una sensación de “cómo seguimos”.

Y se sigue como siguen los que tienen sentimiento y oficio. Primero unas palabras con el público a modo de de alivio colectivo, luego una ceremonia personal, chiquita, que lo llevó a arrodillarse, una búsqueda mental por poder recuperar el momento en el que su personaje había dejado de hablar y luego todo volvió al camino.

Lo más importante es que -según la producción del Cervantes- la mujer ya está bien. Y él está fabuloso. No cualquier actor puede volver a recrear un clima tan hondo -que merodea el desamor y le echa leña a la esperanza– después de una situación así. Y al final pidió un minuto hablar y agradecer, y preguntar por la señora, como si todos estuviéramos necesitando referirnos a ese susto en las penumbras y darnos un abrazo colectivo. Eso no lo hace mejor actor de lo que es. Lo revela mejor persona.

Ficha

Calificación: Excelente

Unipersonal Protagonista: Leonardo Sbaraglia Dirección: Daniel Veronese Funciones: de miércoles a domingo en el Teatro Nacional Cervantes.

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