La pregunta no pertenece al terreno de la ciencia ficción.
Pertenece al presente.
Mientras las grandes potencias del siglo XXI destinan décadas de investigación, planificación estatal y miles de millones de recursos para desarrollar robots humanoides que liberen al ser humano del trabajo extremo, la Argentina parece transitar el camino inverso: convertir al trabajador en un robot de carne y hueso.
No es una metáfora exagerada.
Es una descripción histórica.
Dos modelos de civilización en disputa
China volcó casi medio siglo de investigación científica y millones de yuanes en construir una industria robótica nacional. No lo hizo por capricho tecnológico, sino como parte de un proyecto de desarrollo: aumentar productividad, reducir el esfuerzo humano, sostener crecimiento y disputar hegemonía en la economía mundial.
Allí, el robot es resultado del progreso.
Una herramienta al servicio del ser humano.
En la Argentina actual ocurre lo contrario.
Aquí no se invierte en ciencia.
No se fortalece el sistema tecnológico.
No se protege la industria nacional.
Se legisla para que los humanos trabajen como robots.
La inversión perversa del progreso
La reforma laboral que el gobierno de Javier Milei procura aprobar en la Cámara de Diputados, tras su aprobación en el Senado, no apunta a modernizar la economía argentina. Apunta a desarmar al trabajador como sujeto de derechos.
No crea innovación.
No eleva productividad.
No incorpora tecnología.
Lo que hace es más rudimentario y más brutal: abarata el cuerpo humano.
Se trata de un modelo donde el trabajador: pierde derechos históricos, pierde estabilidad, pierde protección social,
pierde incluso el derecho elemental a enfermarse.
Un trabajador que no puede enfermarse deja de ser ciudadano.
Se convierte en insumo descartable.
Del trabajador-sujeto al trabajador-objeto
El corazón de esta legislación no es la libertad.
Es la descartabilidad.
El trabajador deja de ser sujeto de derechos para convertirse en: mano de obra intercambiable, pieza reemplazable, costo a reducir.
La retórica libertaria habla de eficiencia.
Pero la historia enseña que cuando el derecho se retira del mundo del trabajo, el cuerpo humano vuelve a ser mercancía.
Eso no es modernidad.
Es regresión histórica.
La traición política: gobernadores surgidos del peronismo
Nada de esto sería posible sin una complicidad que la historia no pasará por alto: la de ciertos gobernadores que llegaron al poder mediante el peronismo y hoy votan como libertarios.
No es evolución ideológica.
Es conversión por conveniencia. Un travetismo politico degradante y que genera verguenza ajena.
Usaron al peronismo como vehículo electoral.
Y ahora avalan leyes que destruyen aquello que le dio sentido histórico: la defensa del trabajador frente al mercado.
El peronismo nació para humanizar el trabajo.
Aquí, algunos de sus herederos avalan su deshumanización.
No es una contradicción menor.
Es una ruptura moral.
Del Estado protector al mercado sin límites
El peronismo histórico entendió algo elemental, aprendido en la experiencia del siglo XX: el mercado no protege al débil.
Por eso construyó derechos laborales.
Por eso estableció límites.
Por eso hizo del trabajo una fuente de dignidad y no de explotación.
La nueva legislación va en sentido inverso: desregula, individualiza, rompe solidaridades, expulsa al Estado del mundo del trabajo.
El trabajador queda solo frente al mercado.
Como en el siglo XIX.
Pero con discurso del siglo XXI.
El cuerpo como última frontera
Hay momentos en la historia donde se cruza una línea.
Cuando una sociedad naturaliza que una persona: no pueda enfermarse, no tenga estabilidad, sea descartable, se habilita un proceso más profundo.
La discusión sobre la comercialización de órganos no es una provocación aislada.
Es la consecuencia lógica de este modelo.
Si el cuerpo es mercancía laboral, ¿por qué no biológica?
La reforma laboral no es una ley más.
Es un cambio civilizatorio.
Robots que liberan, humanos que esclavizan
El contraste no puede ser más elocuente.
Mientras algunas naciones desarrollan robots para liberar a los humanos del sacrificio,
la Argentina legisla para deshumanizar al mercado
Allí, la tecnología reduce el esfuerzo.
Aquí, la ley lo intensifica.
No es modernización.
Es deshumanización organizada.
Conclusión
La pregunta decisiva no es si viviremos en una sociedad de robots humanoides.
La verdadera pregunta es si aceptaremos vivir en una sociedad de humanos robotizados.
Un país que convierte a sus trabajadores en piezas descartables no avanza.
Retrocede.
Y cuando esa decisión es avalada incluso por dirigentes surgidos del peronismo, no se traiciona solo una doctrina política.
Se traiciona una idea histórica de humanidad y justicia social.
La historia no juzga solo por índices económicos.
Juzga por qué tipo de sociedad se decidió construir.
Y hoy, en la Argentina, esa decisión está en disputa. Mas que nunca los argentinos debemos asumir la responsabilidad de «….ser artifice de nuestro propio destino» .
- Lic. Faustino C.Duarte
Lic. en Historia
Prof. de Historia
Pdte CEPF
