Un análisis de la comunicadora social Liliana Dorrego sobre la construcción de discursos políticos y la percepción ciudadana de la autenticidad en la dirigencia.
Adaptarse a las nuevas maneras de mostrarse también implica decidir cómo queremos que nos vea la sociedad y, sobre todo, cómo no queremos ser vistos. En política se construyen discursos, imágenes y relatos. Pero hay algo que ninguna estrategia puede fabricar por completo: la autenticidad.
¿Quién es el candidato? ¿Qué valores sostiene? ¿Qué intereses representa? ¿Qué defiende y qué está dispuesto a callar? La ciudadanía ya no escucha solamente palabras. Observa conductas, compara discursos y recuerda. Y ahí aparece una de las mayores contradicciones de este tiempo político: la hipocresía con la que muchas veces se interpreta la realidad.
Un mismo hecho puede ser presentado de maneras totalmente distintas según quién sea el protagonista. Si un gobernador es elegido y ratificado por el voto popular una y otra vez, algunos sectores hablan de hegemonía, autoritarismo o absolutismo. Pero cuando son ellos mismos quienes se alternan cargos entre las mismas familias, apellidos o grupos políticos, entonces lo presentan como construcción democrática, trayectoria o tradición republicana. La vara nunca es la misma.
Lo que en unos se condena, en otros se justifica. Lo que para algunos es legitimidad popular, para otros automáticamente se transforma en una amenaza institucional. Entonces las palabras dejan de describir la realidad y pasan a utilizarse como herramientas políticas para instalar percepciones.
A veces la moral también se vuelve selectiva: se aplica con dureza a quienes piensan distinto y con indulgencia hacia los propios. No importa tanto el hecho en sí, sino quién lo protagoniza. Por eso gran parte de la sociedad empieza a desconfiar de los discursos armados. Porque la memoria colectiva identifica cuándo alguien habla desde una convicción genuina y cuándo simplemente acomoda el relato según su conveniencia.
Y en momentos como los que vivimos, donde todo parece discutirse desde extremos y donde muchos intentan imponer interpretaciones únicas de la realidad, la autenticidad termina siendo el valor más importante. La gente puede coincidir o no con un dirigente, pero percibe cuándo alguien es coherente con lo que piensa, con lo que hace y con lo que defiende. Porque al final, más allá de las operaciones políticas o mediáticas, el pueblo siempre termina reconociendo quién actúa con honestidad y quién solamente cambia el discurso según le convenga.
Liliana Dorrego – Analista política y comunicadora social
