jueves, 19 marzo, 2026
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La pérdida de valores en la familia y su impacto en la educación de nuestros hijos (Por Psicól. Martín Vendramini)

Martín Vendramini

Reflexión desde una mirada terapéutica

Lo que está pasando hoy en muchas familias no es solo un cambio de época. Es una «pérdida de presencia.»

Y cuando falta presencia, todo se empieza a desordenar.

Antes, con aciertos y errores, había algo que sostenía: el vínculo. Había adultos disponibles, más o menos preparados, pero presentes. Hoy lo que aparece muchas veces es desconexión. Padres cansados, absorbidos, en automático. Hijos creciendo más con una pantalla que con una mirada real.

Y sin contacto de verdad, no hay formación posible.

El desafío de educar y poner límites

Porque educar no es solo decir qué está bien o mal. Es estar, escuchar, mirar, bancarse lo que aparece. Y eso hoy está bastante flojo.

También cuesta cada vez más poner límites. No desde la dureza, sino desde la claridad. El límite ordena, cuida, da seguridad. Pero para poder ponerlo, el adulto tiene que estar firme, y muchos hoy están desbordados o inseguros.

Entonces aparecen vínculos confusos. Padres que evitan el conflicto, que negocian todo, que no quieren frustrar a sus hijos. Y en ese intento de «cuidarlos», los dejan sin referencias claras.

Un contexto educativo en crisis

Ahora, si vamos un poco más a fondo, no alcanza con mirar solo a la familia.

Acá hay un contexto que viene fallando hace décadas.

Cuatro décadas de gobiernos que en educación hicieron agua. Cambiaron planes, bajaron exigencias, desordenaron el sistema, maquillaron resultados… pero nunca construyeron algo sólido en serio. Se perdió autoridad, se perdió rumbo, se dejó de exigir. Y cuando no exigís, no formás.

Se confundió incluir con nivelar para abajo. Se evitó el conflicto. Se eligió siempre lo más fácil.

Y eso, con el tiempo, pasa factura.

La ausencia de estructura y sus consecuencias

Porque cuando la familia está débil y la escuela tampoco sostiene, el chico queda sin estructura. Y cuando no hay estructura, aparece el desborde.

Y en ese desborde, la droga empieza a ocupar un lugar cada vez más presente.

No como causa, sino como síntoma.

Chicos que no encuentran límites, que no toleran la frustración, que no tienen un adulto que los ordene o los escuche de verdad, terminan buscando algo que los calme, que los desconecte o que los haga sentir parte de algo.

El consumo como refugio ante el vacío

Y ahí aparece el consumo.

Cada vez más temprano, cada vez más naturalizado, cada vez menos cuestionado.

Y lo más preocupante es que muchas veces los adultos llegan tarde. O miran para otro lado. O no saben cómo intervenir.

Pero la realidad es que donde falta presencia, alguien ocupa ese lugar. Y la droga muchas veces viene a llenar ese vacío.

No resuelve nada, pero tapa. Y en muchos casos, termina empeorando todo.

Entonces vemos chicos más perdidos, más ansiosos, más desconectados de sí mismos. Y adultos sin herramientas claras para acompañar eso.

Y otra vez: no es casual.

Es el resultado de años de desorden, de falta de límites, de ausencia de referentes firmes.

Hacia una posible solución

¿Cómo se encamina esto?

No hay soluciones mágicas, pero hay cosas básicas que no se pueden seguir postergando.

Primero, presencia real. Estar. De verdad. No a medias. No desde el celular. Estar disponibles.

Segundo, hacerse cargo. Dejar de esperar que todo lo resuelva la escuela, el Estado o la suerte. El rol del adulto no se puede delegar.

Tercero, límites claros. El límite no es castigo, es cuidado. Un chico sin límites queda expuesto.

Cuarto, coherencia. No podés pedir lo que no sostenés. Los chicos aprenden de lo que ven, no de lo que les decís.

Quinto, vínculo. Hablar, escuchar, generar confianza. Si no hay confianza, cuando aparezca un problema, no van a venir.

Y también, como sociedad, empezar a exigir algo distinto. Una educación con orden, con exigencia, con sentido. Y políticas que no sigan corriendo de atrás.

No estamos frente a una generación perdida.

Estamos frente a una generación que creció bastante sola.

Y eso es responsabilidad de los adultos.

De las familias que aflojaron.

De los gobiernos que no hicieron lo que tenían que hacer.

Y de una sociedad que muchas veces prefirió no meterse.

Pero esto todavía se puede corregir.

Ahora, no va a pasar solo.

Hace falta presencia.

Hace falta firmeza.

Hace falta hacerse cargo.

Porque si el adulto no ocupa su lugar, alguien lo va a ocupar.

Y muchas veces, ese lugar lo termina ocupando lo que más daño hace.

Y ahí, ya no estamos llegando tarde.

Estamos llegando muy tarde.

Martin Vendramini
Psicólogo -Psicoterapeuta Gestalt – MP Nr. 2566

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